Camilo José de Cela

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03 octubre 2012

Carlos Fuentes




por Ana Alejandre

Carlos Fuentes, escritor
Nació el 11 de noviembre de 1928 en Panamá, país en el que estaba destinado su padre al principio de su carrera diplomática como embajador de México. Después, en la década de los treinta, se trasladó con su familia a EE.UU, por haber sido su padre destinado en Washington D.C., por lo se integró y educó dentro de la vorágine del sistema de vida americano.

Empezó a estudiar la Historia y Geografía de México ayudado por su padre, lo que le hizo tener una idea utópica de su país de origen paterno, lo que era producto de su propia y privilegiada situación como hijo de diplomático rodeado de toda clase de lujos y comodidades en la ciudad más elitista de toda Norteamérica.

Desde muy joven fue un lector voraz, y tenía como autor de cabecera a Marl Twain; además de otros autores.

Por la profesión de su padre, la familia se trasladó a Chile y Argentina, países en los que pudo llegar a conocer y a tratar como Pablo Neruda y David Alfaro Siqueiros.

Estudió Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde conoció al profesor español por entonces exiliado Manuel Pedroso, que le influyó notablemente en su vocación literaria. Se trasladó a Europa para estudiar Derecho Internacional en la Universidad de Ginebra. En dicho país conoció a Octavio Paz, cuyas obras Libertad bajo palabra y El laberinto de la soledad le produjeron una profunda conmoción e influencia. Fue en Ginebra donde profundizó mucho en su visión de la literatura.

Desde regreso a México, Fuentes empezó a ser consciente que estuviera donde estuviera y cuál fuera su obra, el español debía ser la lengua en la que se expresara y Latinoamérica sería el escenario cultural de su obra.

Comienza publicar en la revista Medio Siglo con sus compañeros de generación, Salvador Elizondo, González Pedrero, Flores Olea y Sergio Pitol. Fundó y dirigió con Emanuel Carballo la Revista Mexicana de Literatura (1955-1958) y codirigió con Luis Villoro, Francisco López Cámara y Jaime García Terrés de El Espectador (1959-1960), revista política muy influyente. 

En 1954 publica Los días enmascarados. Para los miembros de la generación de Fuentes, el verdadero problema era llegar a conocer en profundidad la tradición e historia mexicana que estaba perjudicada por la nula enseñanza que recibían los alumnos de secundaria, y que él mismo tuvo que padecer, a los que se educaba en unas deformantes y perniciosas formas de nacionalismo. Un maestro de corte marxista le dijo a Fuentes en cierta ocasión que la lectura de Kafka era antinacionalista, al igual que le dijo un crítico fascista.

En 1958 publica La región más transparente, en la que recrea el México de los años cuarenta y cincuenta, pero el país que Fuentes recrea es un México imaginario. Lo mismo hizo en "Cristóbal Nonato" (1987), sobre el México de los años ochenta y noventa. Fuentes pensaba que el Londres de Dickens y el París de Balzac no hubieran sido conocidos, si estos autores antes no los hubieran imaginado y descrito.

En 1959 publica sus primeros cuentos titulados Los días enmascarados, reunidos en la Colección Los Presentes.

Fue becario del Centro Mexicano de Escritores (1956-1957) y realizó un gran número de adaptaciones cinematográficas, tanto de obras suyas como de otros autores, por ejemplo, de Juan Rulfo. Así mismo, colaboró con los más relevantes suplementos culturales y periódicos de México y del extranjero. Conoció en París a Julio Cortázar y a Mario Vargas Llosa, en 1963, y al año siguiente, conoció y mantuvo amistad con Gabriel García Márquez, con quien escribió en varios guiones de cine. 

Durante los años sesenta residió en París, Venecia, Londres y México. En 1962 escribe Aura, novela cuya singularidad es que en ella nunca resolvió un enigma, como guiño intelectual dirigido a los lectores, porque lo esencial para Fuentes era la aceptación de que en esa obra existía un enigma.

En estos años publicó incansablemente títulos como Las buenas conciencias (1959), Aura(1962), La muerte de Artemio Cruz (1962), Cantar de ciegos (1964), Zona Sagrada (1967), Cambio de piel (1967), Cumpleaños (1969), La nueva novela hispanoamericana (1969), El mundo de José Luis Cuevas (1969),Todos los gatos son pardos (1970), El tuerto es rey (1970)
Casa con dos puertas (1970),Tiempo mexicano (1971). Además, escribió algunas obras de teatro.

En la década de los setenta estuvo en el Instituto Woodrow Willson de Washington. Fue embajador de México en Francia (1972-1978).

Aunque no abandonaba su dedicación literaria, ocupó varios cargos administrativos y diplomáticos. Fue embajador de México en Francia de 1975 a 1977, cargo al que renunció cuando supo que Gustavo Díaz Ordaz, ex Presidente de su país, fue nombrado embajador de México en España, ya que era el asesino del movimiento estudiantil del 68 en Tlatelolco. Ha vivido en Europa y Estados Unidos, bien como profesor invitado o en su cargo diplomático representando a México. Ha sido profesor en las más importantes universidades de México y de otros países: universidades de Columbia, Harvard, Brown, Princeton, Pennsylvania (Estados Unidos) y ocupó la cátedra Simón Bolívar en la Universidad de Cambridge.

Ha sido miembro de El Colegio Nacional desde 1974 y de la American Academy and Institute of Art and Letters desde 1986. Ha colaborado en los más importantes medio de comunicación, y ha dado numerosas conferencias e intervenciones televisivas.

Recibió el Premio Nacional de Ciencias, en 1984, y en 1987 se le otorgó el Premio por su gran popularidad y aceptación del público.

En 1994 presenta su novela Diana o la cazadora solitaria, obra de carácter autobiográfico en la que refleja el México de la década de los sesenta.
En España se publicó su obra Nuevo tiempo mexicano (1995) en la que trata sobre la revuelta de Chiapas. En 1997 publica La frontera de cristal, colección compuesta por nueve relatos relacionados entre sí, y cuyo nexo son los encuentros y desencuentros entre Estados Unidos y México. Publica El espejo enterrado, volumen de ensayos basado en una serie televisiva que escribió, donde trata sobre lo que él mismo define "la biografía de mi cultura".
Publicó Retratos en el tiempo (1998) junto a su hijo, en el que aparecen las semblanzas, a través de la imagen y la palabra, de 25 personajes. A finales de 1998, publicó Los años con Laura Díaz, y a principios del 2000 publicó una recopilación de fragmentos de toda su obra narrativa en Los cinco soles de México, memoria de un milenio.

Sus obras han sido traducidas a varias lenguas y han tenido múltiples y continuas reediciones.

Fue galardonado con Premio Cervantes en 1987 y el Príncipe de Asturias en 1994, en lo que se refiere a España entre otros muchos galardones internacionales.

Falleció en la ciudad de México el 15 de mayo de este año, a los 83 años de edad. Su figura es reconocida como una de las principales entre los autores de la literatura latinoa

Bibliografía y premios de Carlos Fuentes



Carlos Fuentes, escritor
BIBLIOGRAFÍA

Los días enmascarados (1954)
La región más transparente (1958)
Las buenas conciencias (1959)
Aura (1962)
La muerte de Artemio Cruz (1962)
Cantar de ciegos (1964)
Zona Sagrada (1967)
Cambio de piel (1967)
Cumpleaños (1969)
La nueva novela hispanoamericana (1969)
El mundo de José Luis Cuevas (1969)
Todos los gatos son pardos (1970)
El tuerto es rey (1970)
Casa con dos puertas (1970)
Tiempo mexicano (1971)
Los reinos originario teatro hispano-mexicano (1971)
Cuerpos y ofrendas (1972)
Terra Nostra (1975)
Cervantes o la crítica de la lectura (1976)
La cabeza de la hidra (1978)
Una familia lejana (1980)
Agua quemada (1981)
Orquídeas a la luz de la luna (1982)
Gringo Viejo (1985)
Cristóbal Nonato (1987)
Constancia y otras novelas para vírgenes (1990)
Valiente mundo nuevo (1990)
La campaña (1990)
Ceremonias del alba (1990)
El espejo enterrado (1992)
El naranjo o los círculos del tiempo (1993)
Nuevo tiempo mexicano
Diana o la Cazadora Solitaria (1996)
La frontera de Cristal (1997)
El espejo enterrado (1997)
Retratos en el tiempo (1998)
Laura Díaz (1990)
Los cinco soles de México, memoria de un milenio (2000).



PREMIOS

Biblioteca Breve (1967)
Rómulo Gallegos (1977)
Premio Nacional de Ciencias (1984
Cervantes (1987)
Príncipe de Asturias (1994)



ENLACES

Discurso Premio Cervantes
http://www.fpa.es/esp/premios/discursos/1994letras.html

Discurso Premio Ortega y Gasset
http://www.lainsignia.org/2003/mayo/cul_017.htm

Biografía, Bibliografía, textos
http://www.colegionacional.org.mx/Fuentes.htm

Carlos Fuentes según Vargas LLosa
http://www.geocities.com/boomlatino/vbfuentes.html

Carlos Fuentes habla de Julio Cortázar
http://les4cats.free.fr/fuentes.htm

Artículo sobre la educación en Latinoamérica
http://www.tierramerica.net/2001/0916/grandesplumas.shtmArtículo en la revista Especulohttp://www.ucm.es/info/especulo/numero18/c_fuentes.html

Entrevista Revista de Letras
http://www.galeon.com/revistadeletras/interfuentes.htm

Entrevista en El País Babelia
http://www.elpais.es/suplementos/babelia/20010512/07.htm


Fragmentos de obras de Carlos Fuentes

Carlos fuentes

La región más transparente, de Carlos fuentes (fragmento)

Aquí vivimos, en las calles se cruzan nuestros olores, de sudor y páchuli, de ladrillo nuevo y gas subterráneo, nuestras carnes ociosas y tensas, jamás nuestras miradas. Jamás nos hemos hincado juntos, tú y yo, a recibir la misma bestia; desgarrados juntos, creados juntos, sólo morimos para nosotros, aislados. Aquí caímos. Qué le vamos a hacer. Aguantarnos, mano. A ver si algún día mis dedos tocan los tuyos. Ven, déjate caer conmigo en la cicatriz lunar de nuestra ciudad, ciudad puñado de alcantarillas, ciudad cristal de vahos y escarcha mineral, ciudad presencia de todos nuestros olvidos, ciudad de acantilados carnívoros, ciudad dolor inmóvil, ciudad de la brevedad inmensa, ciudad del sol detenido, ciudad de calcinaciones largas, ciudad a fuego lento, ciudad con el agua al cuello, ciudad del letargo pícaro, ciudad de los nervios negros, ciudad de los tres ombligos, ciudad de la risa gualda, ciudad del hedor torcido, ciudad rígida entre el aire y los gusanos, ciudad vieja en las luces, vieja ciudad en su cuna de aves agoreras, ciudad nueva junto al polvo esculpido, ciudad a la vela del cielo gigante, ciudad de barnices oscuros y pedrería, ciudad bajo el lodo esplendente, ciudad de víscera y cuerdas, ciudad de la derrota violada (la que no pudimos amamantar a la luz, la derrota secreta), ciudad del tianguis sumiso, carne de tinaja, ciudad reflexión de la furia, ciudad del fracaso ansiado, ciudad en tempestad de cúpulas, ciudad abrevadero de las fauces rígidas del hermano empapado de sed y costras, ciudad tejida en la amnesia, resurrección de infancias, encarnación de pluma, ciudad perro, ciudad famélica, suntuosa villa, ciudad lepra y cólera, hundida ciudad. Tuna incandescente. Águila sin alas. Serpiente de estrellas. Aquí nos tocó. Qué le vamos a hacer. En la región más transparente del aire.


Aura
, de Carlos fuentes (fragmento)

Tocas en vano con esa manija, esa cabeza de perro en cobre, gastada, sin relieves: semejante a la cabeza de un feto canino en los museos de ciencias naturales. Imaginas que el perro te sonríe y sueltas su contacto helado. La puerta cede al empuje levísimo, de tus dedos, y antes de entrar miras por última vez sobre tu hombro, frunces el ceño porque la larga fila detenida de camiones y autos gruñe, pita, suelta el humo insano de su prisa. Tratas, inútilmente de retener una sola imagen de ese mundo exterior indiferenciado.

Cierras el zaguán detrás de ti e intentas penetrar la oscuridad de ese callejón techado -patio, porque puedes oler el musgo, la humedad de las plantas, las raíces podridas, el perfume adormecedor y espeso-. Buscas en vano una luz que te guíe. Buscas la caja de fósforos en la bolsa de tu saco pero esa voz aguda y cascada te advierte desde lejos:

-No... no es necesario. Le ruego. Camine trece pasos hacia el frente y encontrará la escalera a su derecha. Suba, por favor. Son veintidós escalones. Cuéntelos.

Trece. Derecha. Veintidós.

El olor de la humedad, de las plantas podridas, te envolverá mientras marcas tus pasos, primero sobre las baldosas de piedra, enseguida sobre esa madera crujiente, fofa por la humedad y el encierro. Cuentas en voz baja hasta veintidós y te detienes, con la caja de fósforos entre las manos, el portafolio apretado contra las costillas. Tocas esa puerta que huele a pino viejo y húmedo; buscas una manija; terminas por empujar y sentir, ahora, un tapete bajo tus pies. Un tapete delgado, mal extendido, que te hará tropezar y darte cuenta de la nueva luz, grisácea y filtrada, que ilumina ciertos contornos.

-Señora -dices con una voz monótona, porque crees recordar una voz de mujer- Señora...

-Ahora a su izquierda. La primera puerta. Tenga la amabilidad.

Empujas esa puerta -ya no esperas que alguna se cierre propiamente; ya sabes que todas son puertas de golpe- y las luces dispersas se trenzan en tus pestañas, como si atravesaras una tenue red de seda. Sólo tienes ojos para esos muros de reflejos desiguales, donde parpadean docenas de luces. Consigues, al cabo, definirlas como veladoras, colocadas sobre repisas y entrepaños de ubicación asimétrica. Levemente, iluminan otras luces que son corazones de plata, frascos de cristal, vidrios enmarcados, y sólo detrás de este brillo intermitente verás, al fondo, la cama y el signo de una mano que parece atraerte con su movimiento pausado.

Lograrás verla cuando des la espalda a ese firmamento de luces devotas. Tropiezas al pie de la cama; debes rodearla para acercarte a la cabecera. Allí, esa figura pequeña se pierde en la inmensidad de la cama; al extender la mano no tocas otra mano, sino la piel gruesa, afieltrada, las orejas de ese objeto que roe con un silencio tenaz y te ofrece sus ojos rojos: sonríes y acaricias al conejo que yace al lado de la mano que, por fin, toca la tuya con unos dedos sin temperatura que se detienen largo tiempo sobre tu palma húmeda, la voltean y acercan tus dedos abiertos a la almohada de encajes que tocas para alejar tu mano de la otra.


Muñeca reina, de Carlos Fuentes (fragmento),

"...Amilamia riendo con placer cuando yo la levantaba del talle y la hacía girar sobre mi cabeza y ella parecía descubrir otra perspectiva del mundo en ese vuelo lento. Amilamia dándome la espalda y despidiéndose con el brazo en alto y los dedos alborotados. Y Amilamia en las mil posturas que adoptaba alrededor de mi banca: colgada de cabeza, con las piernas al aire y los calzones abombados; sentada sobre la grava, con las piernas cruzadas y la barbilla apoyada en el mentón; recostada sobre el pasto, exhibiendo el ombligo al sol; tejiendo ramas de los árboles, dibujando animales en el lodo con una vara, lamiendo los barrotes de la banca, escondida bajo el asiento, quebrando sin hablar las cortezas sueltas de los troncos añosos, mirando fijamente el horizonte más allá de la colina, canturreando con los ojos cerrados, imitando las voces de pájaros, perros, gatos, gallinas, caballos."


Citas de Carlos Fuentes
“Hay que llegar a saber que los hijos, vivos o muertos, felices o desdichados, activos o pasivos, tienen lo que el padre no tiene. Son más que el padre y más que ellos mismos. Nuestros hijos son los fantasmas de nuestra descendencia. El hijo es el padre del hombre”

“No existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres”

“La memoria es el deseo satisfecho”

Sólo dañamos a los demás cuando somos incapaces de imaginarlos”.

“Los celos matan el amor pero no el deseo. Este es el verdadero castigo de la pasión traicionada. Odias a la mujer que rompió el pacto de amor, pero sigues deseando porque su traición fue la prueba de su propia pasión”.

“Si del amor hacemos la meta más cierta y el más cierto placer de nuestras vidas, ello se debe a que, por serlo para serlo, debe soñarse ilimitado sólo porque es, fatalmente, limitado”.

“Las revoluciones las hacen los hombres de carne y hueso y no los santos y todas acaban por crear una nueva casta privilegiada”.

“La muerte espera al más valiente, al más rico, al más bello. Pero los iguala al más cobarde, al más pobre, al más feo, no en el simple hecho de morir, ni siquiera en la conciencia de la muerte, sino en la ignorancia de la muerte. Sabemos que un día vendrá, pero nunca sabemos lo que es”

.

27 mayo 2012

José Manuel Caballero Bonald




            José Manuel Caballero Bonald, poeta, novelista y ensayista, nació en Jerez de la Frontera, el 11 de noviembre de 1926. Hijo de padre cubano y de madre andaluza de origen francés.
José Manuel Caballero Bonald

            Cursó sus primeros estudios en el Colegio de los Marianistas de Jerez. Su adolescencia se vio marcada por la Guerra Civil, lo que le obligo a pasar largas temporadas en la Sierra de Cádiz y en la localidad de Sanlúcar de Barrameda.

            Después de finalizar la guerra, en 1944 comenzó a estudiar Náutica en Cádiz, en cuya ciudad comenzó a escribir poesía y conoció y colaboró con el grupo de poetas gaditanos llamado Platero. Posteriormente, en 1949, se traslada a Sevilla para estudiar en su Universidad filosofía y Letras, y allí conoció al grupo que editaba la revista Cántico.

            Su primer premio en poesía lo obtuvo en 1950, el Premio de Poesía Platero, que le fue concedido a su poema titulado Mendigo. Continuó en Madrid sus estudios universitarios, trabajando al mismo tiempo en la I Bienal Hispanoamericana de Arte.

            Comenzó a publicar en 1952, con el poemario Las adivinaciones, que le supuso el áccesit del premio Adonais, el más cotizado galardón poético. A esta obra le siguieron Memorias de poco tiempo (1954), Anteo (1956) y en 1959 publica Las horas muertas que fue galardonada con el Premio Boscán y el de la Crítica; y Pliegos de cordel que se publicó en 1963. Todos estos títulos fueron editados en una recopilación de 1969, titulada Vivir para contarlo.

            En 1961 asiste en Collioure (Francia) al XX aniversario de la muerte de Antonio Machado que murió en dicha localidad en pleno exilio. A dicho acto asistieron escritores de la talla de Blas de Otero, José Ángel Valente, Ángel González, José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, y Carlos Barral, entre otros.

            En estos años ejerció el cargo de secretario y, posteriormente, el de subdirector de la revista literaria Papeles de Son Armadans, fundada por Camilo José de Cela. Más tarde, se trasladó a Sudamérica, y se instaló en Bogotá, donde fue profesor de Literatura Española y Humanidades en la Universidad Nacional de Colombia. En dicha ciudad colaboró en la revista Mito, entre cuyos colaboradores se podía encontrar a Gabriel García Márquez, entre otros importantes escritores. Dicha revista le publicó una antología poética, titulada El papel del coro, en 1961.

            En 1962 publica su primera novela Dos días de septiembre que consigue el premio Biblioteca Breve, de la editorial Seix Barral.

            Regresa a España desde Hispanoamérica en 1963 y comienza a desarrollar labores editoriales. En esta época es detenido y multado por cuestiones políticas.

            En 1965 viaja a Cuba donde pasa una temporada. En 1969 publica el Archivo del cante flamenco, que es un álbum de seis discos y estudio preliminar, que obtiene el Premio Nacional del Disco.

            Posteriormente comienza a trabajar en el Diccionario de Lexicografía, de la Real Academia Española, trabajo que desempeñó hasta 1975 y, a partir de 1973, fue director literario de la editorial Júcar.

            En 1974 publica Ágata, ojo de gato que fue premiada con el Premio Barral, al que el propio autor renuncia, y con el Premio de la Crítica.

            De 1974 a 1978 fue profesor de Literatura Española Contemporánea en el Centro de Estudios Hispánicos del Bryn Mawr College. 

            Su obra de ensayo Luces y sombras del flamenco fue publicada en 1975, obra que se suma a otras de ensayo sobre diferentes temas como son: Narrativa cubana de la revolución (1968), Breviario del vino (1980), Luces y sombras del flamenco (1975) o Sevilla en tiempos de Cervantes (1991).

            Por su actividad de miembro constituyente de la Junta Democrática, fue procesado por el Tribunal de Orden Público. Poco después, marcha de nuevo a Cuba.

            Fué nombrado Presidente del Pen Club, cargo del que dimitió en 1980. Continuó su tarea de escritor, colaborando como profesor en distintas universidades y recibiendo premios, entre los que destaca el galardón poético Ibn-al-Jatib, el Premio Plaza y Janés, y el Premio Andalucía de las Letras, entre otros.

            Se traslada a vivir a Montijo, frente a Doñana, en la costa atlántica gaditana, en 1995, realizando diversos viajes a Japón, Italia y Marruecos para impartir cursos en diferentes universidades y también para intervenir como participante en diversas jornadas literarias.

            Comienza a publicar libros de memorias y en 2003 es autor de los guiones de los doscientos cincuenta capítulos de la serie documental“Andalucía de Cine”, que es dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón.

            La Universidad de Cádiz le nombra, en 2004, Doctor Honoris Causa. Además, recibe el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. También, en en ese mismo año, la editorial Seix Barral publica su obra poética completa.

            Posteriormente, ha sido galardonado con los premios institucionales más importantes del ámbito literario como son el Premio Nacional de las Letras y el Premio Nacional de Poesía, que pone un brillante colofón a su extraordinaria carrera literaria.
otra imagen de José Manuel Caballero Bonald
ante su biblioteca


Apuntes sobre su obra:

Poética

            En cuanto a su obra poética de los primeros tiempos que se inscribe dentro de la llamada poética generación del 50, cabe decir que es una poesía simbolista e intimista, que refleja a un poeta que está en desacuerdo con el mundo y la situación social de la época que le ha tocado vivir. Su lenguaje es rico, profundo, muy elaborado, y tiene tintes barrocos mezclados con evidentes trazas populares y, sobre todo, coloquialistas. Todo ello, le confiere una gran autenticidad, en cuanto es expresión de un mundo personalísimo que está marcado por la experiencia y la comunión con el arte.

            Sin embargo, se advierte un cambio sustancial a partir de su obra Descrédito del héroe, fechada en 1977, porque la larga etapa de silencio poético, se traduce en un marcado acento imaginativo, pero trasladado a la memoria de las propias raíces: su niñez, su tierra, sus propias experiencias tanto vitales como artísticas y su constante preocupación lingüística que se pone de manifiesto en un lenguaje exquisitamente depurado, mesurado y, por ello, deviene hermético.

            Laberinto de fortuna, su siguiente publicación poética, en 1984, y, treces años después Diario de Argonida, al que califica como “un compendio de meditaciones adosadas a mi propio escepticismo”, en el que hace una clara reivindicación como escritor del derecho a inventarse la vida con los propios instrumentos que ésta le da: los recuerdos, el tiempo y la muerte, como punto y final de la obra vital, la que queda así escrita y reinventada para la posteridad en un acto rebelde a la propia mortalidad.

Narrativa

            En cuanto a la narrativa, su incursión en este género fue más tardía, y comienza con la publicación de su primera novela Dos días de septiembre (1962), obra que pertenece al llamado realismo social, porque en ella se describen las injusticias, las desigualdades en un pueblo vinatero andaluz y las luchas y tensiones entre los ricos terratenientes y los trabajadores agrícolas. Pero, a pesar de la clara influencia del realismo social que impregna toda la obra, se distingue de otras de parecido estilo en cuanto que a Caballero Bonald pone más acento en la propia descripción de las anécdotas particulares, a modo de teselas que conforman el rico mosaico social que el propio conflicto o lucha de clases. Para ello, utiliza una rica variedad de técnicas narrativas, entre las que destaca el monólogo interior y sin puntuación, que ofrece un interesante contraste con la propia naturaleza de corte realista.

            Su siguiente obra Ágata ojo de gato (1974), también discurre en Andalucía, pero se aparta completamente del realismo social, e irrumpe en el terreno de lo fantástico, de la lejanía espacio temporal, lo que le acerca al llamado realismo mágico.

            En Toda la noche oyeron pasar pájaros (1981) y En la casa del padre (1988), obras también ambientadas en Andalucía, son nuevos experimentos con el lenguaje que es la mayor preocupación de este autor.Campo de Agramante (1992), es una nueva novela que no se puede adscribir a género alguno, porque aunque transcurre en una ciudad de la baja Andalucía, el tiempo narrativo es una amalgama entre el pasado y el presente, lo que produce un mundo intemporal y caótico.

            En la novela Tiempo de guerras perdidas (1995), subtitulada “La novela de la memoria”, es un obra con una clara decisión de acercamiento a su infancia, pero no en una relación cronológica de hechos, sino en una selección de carácter mítico de recuerdos y personajes.
            
                    En 2001 publicó La costumbre de vivir, titulo que recoge sus memorias.

            Mar adentro (2002), obra que refleja la pasión sentida por el mar y recoge una selección de sus escritos marítimos.




Bibliografía de José Manuel Caballero Bonald


Juan Manuel Caballero Bonald 

BIBLIOGRAFÍA

Poesía

Las adivinaciones.- Madrid: Adonais, 1952

Memorias de poco tiempo.- Madrid: Ed. Cultura Hispánica, 1954

Anteo.-Palma de Mallorca: Ed. Papeles de Son Armadans, 1956

Las horas muertas.- Barcelona: Col. Premios Boscán, 1959

Pliegos de cordel.- Barcelona: Col. Colliure, 1963

Descrédito del héroe.- Barcelona: Lumen, 1977

Laberinto de Fortuna.- Barcelona: Laia, 1984

Doce poemas.- Málaga: Col. Tediria, 1991

Descrédito del héroe y Laberinto de Fortuna (nueva edición revisada).- Madrid: Visor, 1993

Diario de Argónida.- Barcelona: Tusquets, 1997

Manual de infractores.- Barcelona: Seix Barral, 2005

Descrédito del héroe (con un estudio de Joaquín Pérez Azaústre).- Madrid: Bartleby Editores, 2007

Antídotos (con pinturas de Juan Martínez).- Málaga: Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2008

La noche no tiene paredes.- Barcelona: Seix Barral, 2009


Antologías

El papel del coro.- Bogotá: Ed. Mito, 1961

Vivir para contarlo.- Barcelona: Seix Barral, 1969

Poesía, 1957-1977.- Barcelona: Plaza y Janés, 1979

Selección natural.- Madrid: Cátedra, 1983

Doble vida (con prólogo de Pere Gimferrer) .- Madrid: Alianza, 1989

El imposible oficio de escribir, ed. de María Payeras Grau.- Palma de Mallorca: Universitat de les Illes Balears, 1997

Poesía Amatoria.- Sevilla: Renacimiento, 1999

Antología personal .- Madrid: Visor, 2003

Somos el tiempo que nos queda (Poesía completa).- Barcelona: Seix Barral, 2004

Años y libros (Selección de J.M. Caballero Bonald y Josefa Ramis Cabot).- Madrid: Universidad de Salamanca / Patrimonio Nacional, 2004. Edición e introducción de Luis García Jambrina.

Poesía amatoria. Nueva edición aumentada (1952-2005).- Madrid: Visor, 2007

Summa Vitae . Antología poética, 1952-2005 (selección y prólogo de Jenaro Talens).- Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2007

Somos el tiempo que nos queda. Obra poética completa (1952-2005).- Barcelona: Seix Barral, 2007

Casa junto al mar. Antología (Selección de Pablo Méndez).- Madrid: Vitruvio, 2008.


NARRATIVA

Dos días de setiembre.- Barcelona: Seix Barral, 1962

Ágata ojo de gato.- Barcelona: Barral editores, 1974

Toda la noche oyeron pasar pájaros.- Barcelona: Planeta, 1981

En la casa del padre.- Barcelona: Plaza y Janés, 1988

Campo de Agramante.- Barcelona: Anagrama, 1992

MEMORIAS

Tiempo de guerras perdidas .- Barcelona: Anagrama, 1995

La costumbre de vivir.- Madrid: Alfaguara, 2001


ADAPTACIONES DE TEATRO CLÁSICO

Abre el ojo, de Francisco Rojas Zorrilla, estrenada en el Teatro María Guerrero de Madrid, por el Centro Dramático Nacional, 1978 (Ed. Vox: Madrid, 1959)

Don Gil de las calzas verdes, de Tirso de Molina, estrenada en el Teatro de la Comedia de Madrid, por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, 1994 (Col. Teatro Clásico: Madrid, 1994)

Fuenteovejuna, de Lope de Vega (adaptación del texto para ballet, en colaboración con Antonio Gades), estrenada por la Compañía de Ballet de Antonio Gades, 1995

PREMIOS

Premio de poesía Platero (1950)

Accésit del Premio Adonáis de poesía (1952)

Premio Boscán (1959)

Premio de la Crítica

Premio Ateneo de Sevilla (1981)

Premio Andalucía de las Letras. Miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española. (1993 -1994)

Premio Plaza y Janés, Premio Julian Besteiro de las Artes y las Letras

Premio Reina Sofía de Poesía Hispanoamericana al conjunto de su obra. (2004)

Premio Nacional de las Letras Españolas (2005)

Premio Internacional Terenci Moix al mejor Libro del año (2005)

Premio Nacional de Poesía (España) (2006)


ENLACES

http://www.fcbonald.com/

http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/caballero/

http://amediavoz.com/caballero.htm

http://www.secc.es/ficha_conmemoraciones.cfm?id=1122

http://www.publico.es/culturas/223352/caballero/bonald/saca/latigo/acusador

http://www.ucm.es/info/especulo/numero3/cbonald.htm

http://www.rtve.es/noticias/20090430/caballero-bonaldquien-tiene-dudas-mas-parecido-imbecil/272952.shtmlhttp://www.elpais.com/articulo/cultura/Caballero/Bonald/tiene/dudas/parecido/imbecil/elpepucul/20090414elpepucul_6/Te

Fragmentos de obras de Caballero Bonald



Poemas de José Manuel Canallero Bonald


A Batallas De Amor, Campo De Plumas
José Manuel Caballero Bonald


Ningún vestigio tan inconsolable
como el que deja un cuerpo
entre las sábanas
y más
cuando la lasitud de la memoria
ocupa un espacio mayor
del que razonablemente le corresponde.


Linda el amanecer con la almohada
y algo jadea cerca, acaso un último
estertor adherido
a la carne, la otra vez adversaria
emanación del tedio estacionándose
entre los utensilios volubles
de la noche.

Despierta, ya es de día, mira
los restos del naufragio
bruscamente esparcidos
en la vidriosa linde del insomnio.


Sólo es un pacto a veces, una tregua
ungida de sudor, la extenuante
reconstrucción del sitio
donde estuvo asediado el taciturno
material del deseo.

Rastros
hostiles reptan entre un cúmulo
de trofeos y escorias, amortiguan
la inerme acometida de los cuerpos.

A batallas de amor campo de plumas.



Ambigüedad Del Género 


Estacionada en un recodo impávido

de la penumbra, lo primero
que hizo fue fruncir su boca
violácea, de entreabiertos resquicios
húmedos, y después sus ojos,
y después
sus ojos, un gran círculo
de verde prenatal, un excitante
fulgor de azogue desguazando
la negrura común.

Lenta o tal vez sumariamente inmóvil,
con el falso recelo
de quien fuera educada
en la molicie glandular
de los andróginos, sólo rompía
el ritmo de su cuerpo algún fugaz
movimiento retráctil del pubis,
no defensivo sino irresoluto,
y ya
llegó a la altura de los porches
y allí se desnudó con neutra
imverecundia, exhibiendo por zonas
la intrincada armonía
de un cuerpo circunscrito en su contrario.




A Tu Cuerpo 


Anterior a tu cuerpo es esta historia
que hemos vivido juntos
en la noche inconsciente.


Tercas simulaciones desocupan
el espacio en que a tientas nos
buscamos,
dejan en las proximidades
de la luz un barrunto
de sombras de preguntas nunca
hechas.

En vano recorremos
la distancia que queda entre las últimas
sospechas de estar solos,
ya convictos acaso de esa interina

realidad que avala siempre
el trámite del sueño.



Barranquilla La Nuit 


Cuerpo inclemente, circundado
por un vaho de frutas, desguazándose
en la tórrida herrumbre
portuaria,
¿no eran
los labios como orquídeas
mojadas de guarapo, no tenían
los ojos mandamientos de cocuyos
y allí se enmarañaban
la excitación y la indolencia?


Mórbida efigie de esmeralda
y musgo, entrechocan sus pechos
entre la mayestática cochambre
de la noche.

Desnuda
antes que alerta y disponible,
desnuda nada más, desmemoriada
sobre un cuero de res, el vientre
húmedo de salitre y en el cuello
el amuleto pendular de un dado
cuyo rigor jamás aboliría
los tercos mestizajes del azar.


Rauda la carne y prieta
como un sesgo de iguana, surca
los fosos coloniales, deposita
en las inmediaciones del marasmo
una aromática cadencia
a maraca y sudor y marigüana,
mientras cumple el amor su ciclo
de putrefacta lozanía
en el nocturno ritual del trópico.






Desde Donde Me Ciego De Vivir 


Era una blanda emanación, casi
una terca oquedad de ternura,
un tibio vaho humedecido
con no sé qué tentáculos.

Abrí
los ojos, vi de cerca el peligro.
¡No, no te acerques, adorable
inmundicia, no podría vivir!

Pero se apresuraba hacia mi infancia,
me tendía su furia entre los lienzos
de la noche enemiga. Y escuché
la señal, cegué mi vida junta,
anduve a tientas hasta el cuerpo
temible y deseado.

Madre
mía, ¿me oyes, me has oído
caer, has visto mi triunfante
rendición, tú me perdonas?

La mano
balbucía allí dentro, rebuscaba
entre las telas jadeantes, iba
desprendiendo el delirio, calcinando
la desnuda razón.

Agrio desván
limítrofe, gimientes muebles
lapidarios bajo el candor malévolo
del miedo, ¿qué hacer si la memoria
se saciaba allí mismo, si no había
otra locura más para vivir?

Dulce
naufragio, dulce naufragio,
nupcial ponzoña pura del amor,
crédulo azar maldito, ¿dónde
me hundo, dónde
me salvo desde aquella noche?






 Desencuentro

Esquiva como la noche,
como la mano que te entorpecía,
como la trémula succión
insuficiente de la carne;
esquiva y veloz como la hoja
ensangrentada de un cuchillo,
como los filos de la nieve, como el esperma
que decora el embozo de las sábanas,
como la congoja de un niño
que se esconde para llorar.


Tratas de no saber y sabes
que ya está todo maniatado,
allí
donde pernocta el irascible
lastre del desamor, sombra
partida por olvidos, desdenes,
llave que ya no abre ningún sueño:

La ausencia se aproxima
en sentido contrario al de la espera.


Fragmentos narrativos

Ágata, ojo de gato
J.M. Caballero Bonald
Otra imagen de J.M. Caballero Bonald
(fragmento)

Llegaron desde más allá de los últimos montes y levantaron una hornachuela de brezo y arcilla en la ciénaga medio desecada por la sedimentación de los arrastres fluviales. Jamás entendió nadie por qué inconcebibles razones bajaron aquellos dos errabundos —o extraviados— colonos desde sus nativas costas normandas hasta unos paulares ribereños donde, si lograban escapar del paludismo o la pestilencia, sólo iban a poder malvivir de la difícil caza del gamo en el breñal o de la venenosa pesca del congrio en los caños pútridos. El caserío más próximo caía al otro lado de lo que fue laguna (y ya marisma) de Argónida, y era de gentes que acudían por temporadas al sanguinario arrimo de los mimbrales, mientras que más al sur, hacia los contrarios rumbos del delta primitivo, bullía la secta de las almadrabas, el mundo suntuoso y enigmático al que sólo se podía ingresar a través de navegaciones fraudulentas o pactos ilegítimos con los patrones de los atuneros.
Nadie supo de los normandos ni los vio bregar por la marisma hasta bastante después de su insólita llegada. Debieron de luchar a brazo partido contra la salvaje tiranía de los médanos y la bronca resistencia del terreno a dejarse engendrar. Una costra salina, compacta y tapizada de líquenes, que rompía en formas concoideas de pedernal al ser golpeada por el azadón, les fue metiendo en las entrañas como una progresiva réplica a aquella misma reciedumbre y a aquella misma crueldad. Con asnos cimarrones cazados a lazo y domesticados por hambre, fueron acumulando guano y tierra de aluvión sobre la marga que ya habían conseguido sacar a flote entre las brechas del salitre. No sembraron cereales ni legumbres ni plantas solanáceas (cuya cohabitación con el esquilmado subsuelo tampoco habría sido posible), sino momificadas simientes de hierbas salutíferas que habían traído con ellos, conservadas en viejos pomos de botica y como única hereditaria manda, desde sus bancales nórdicos. Arropadas en mantillo y recosidas con hilachas de agave, aquellas venerandas semillas de ajenjo y ruibarbo, sardonia y camomila, lúpulo y salicaria, germinaron muy luego en la extensión baldía y provisoriamente hurtada a la mordedura del nitro, contraviniendo por vez primera el código de una erosión iniciada desde que el río perdiera uno de sus prehistóricos brazos para ir soldando la isla oriental de la desembocadura con los arenales limítrofes. Nunca llegó a sospecharse, sin embargo, la finalidad o el presunto beneficio de aquellas delirantes plantaciones, vigiladas hasta el agotamiento durante meses y cuyas iniciales y precarias cosechas revertieron en su totalidad al semillero destinado a una gradual ampliación de los yerbazales.
Ya debía de haber muerto en la empresa —envenenado por su propia saliva o apestado de fiebres cuartanas— uno de los normandos, cuando el otro, el único del que se conserva fidedigna memoria (y el único que cruzó su vieja sangre norteña con la ya renovada de las pescadoras moriscas del estuario), cavando una noche de los idus de octubre en unas corredizas dunas, sintió de pronto como una insoportable calambrina al rebotar la laya contra algo duro y al parecer magnético. Mientras se restregaba el hormiguero del brazo, tuvo la vaga certeza de que por allí abajo debía de existir una yeta de calamita, no comprobada entonces por ninguna especial sabiduría mineralógica, sino presentida con una atenazan-te seguridad que lo impulsó a escarbar frenéticamente en la arenisca, ya la luna saliendo de lo hondo y la brama de los cérvidos oyéndose en la breña. Hasta que descubrió al fin una laja evidentemente labrada por mano de hombre y luego otra y otra más, y cuando ya clareaban los repliegues del páramo, vino a darse cuenta de que lo que había desenterrado era el tramo curvo de una vieja calzada. Pero no se amilanó por ello el normando; impelido por una especie de espectral desasosiego, buscó momentáneo alivio a su calentura con una irrazonable actividad: se apresuró a llevar una y otra vez brazadas de helecho a dos venados caídos días antes en la trampa natural de la ciénaga, y clavó un cerco de estacas junto a la zanja recién abierta por si la arena volvía a cubrirla, y se internó por la junquera en busca de camaleones, los mismos que confundía con basiliscos y hacía reventar sobre una estameña empapada en zumo de moras.
A la amanecida, aún sin dormir y sin sueño, excavó más largo y la calzada era como de cuatro varas de latitud y, según la inclinación de las lajas, allí mismo torcía hacia el norte, viniendo (como al parecer venia) del oeste, o al revés. De modo que lo primero que se le ocurrió fue trazar mentalmente la supuesta trayectoria de aquel sepultado camino, eligiendo para sus iniciales y nada precisas maniobras el rumbo occidental (que no era, por supuesto, el que trajeran un día los dos erráticos buscadores de nada), ya olvidado de sus plantaciones e inconscientemente esclavizado por el obsesivo rastreo del terminal —o del punto de arranque— de la calzada.

Pasados que hubieron cuatro meses desde que iniciara las subterráneas pesquisas, lejos como estaba el normando aquel luciente día del chozo, vio entrar dos faluchos por la bocana del caño Cleofás, tal vez con la ruta de cabotaje confundida o aventurados por aquellas palúdicas aguas en temerarias intentonas de pesca de bajura. Tardó algún tiempo en comprender que no se trataba de ninguna de las fementidas imágenes estampadas de pronto en el caliginoso hondón de la marisma (que tantas veces lo embargaran de terror o lo hicieran sospechar que empezaban a estancársele los humores de la cabeza), pero salió simultáneamente de dudas y ensoñaciones cuando llegó hasta él, conducida por los densos orificios de la salinidad, una ininteligible jerga, marinera y gutural como el griterío de las grullas. Fue arrimándose sin ser notado hasta los vientos de la orilla, hurtando detrás de los juncos un cuerpo ya camuflado por una especie de mimetismo con la mohosa impregnación de la tierra, y distinguió a los tripulantes de uno de los faluchos aclarando el aparejo, y a los del otro, ya arriadas las velas, bogando en un bote hacia los bajíos de Matafalúa.

Vigiló durante horas sin comprender qué decían ni en qué se afanaban. Dos hombres harapientos recogían en unas espuertas lo que debía de ser sal mezclada con cieno de un lucio desaguado, transportándola con atropelladas prisas a bordo. Y en eso estaban cuando el normando distinguió la figura de una mujer que revolvía entre unas cuarterolas estibadas a popa del velero. Con la virilidad entumecida durante años, o tal vez durante toda su indescifrable vida, el solitario se sintió absorbido de pronto por el vórtice de una turbia rotación de delirios que le circuló vertiginosamente por la sangre y se le incrustó en las ingles y allí le violentó las desvencijadas compuertas del sexo. Arrastrándose por el pestilente lodo, restregándolo y lamiéndolo, una mano vibrando entre los muslos, le adelantó a la hembra sobre los entrevistos pechos y el combado vientre su boca jadeante y su envilecido cuerpo de animal celibatario. Tumbado de bruces, mojado de limo y esperma, su propio orgasmo le alimentó la combustión de un ansia que sólo podría ya extinguirse, no coincidiendo periódicamente con el celo de la fauna vecina, sino por medio de un inaplazable ayuntamiento con mujer.

El normando vio a los faluchos enfilar la bocana como si de repente se le viniera encima la todavía informe presunción —ya que no la evidencia— de que todo cuanto había vivido hasta entonces no era más que una disparatada aglomeración de calamidades. Peleó enconadamente contra sus propios atavismos antes de decidirse a dar una tregua a las exploraciones en la calzada, siendo así como, al cabo de unos incalculables años de supervivencia, abandonó por primera vez sus pagos marismeños y subió por el caño Cleofás arriba hasta la hoya de Malcorta.

Su aspecto, a poca atención que se le prestara, debía de favorecer directamente la sorpresa o el espanto o, cuando menos, alguna sobresaltada conmiseración. Estaba ya bien entrado el verano y las mimbreras habían sido taladas poco antes, de manera que se encontró con el caserío medio despoblado. Merodeó como un fugitivo por las vacías callejas, arrimado a las paredes de mampuesto y procurando ocultarse de cualquier presunta acechanza, hasta que el hambre y la fatiga lo empujaron bajo un sombrajo donde dos hombres bebían mosto y pidió de comer por señas y le dieron mosto y cazón guisado sin quitarle los estupefactos ojos de encima. Ni entendió lo que hablaban ni pudo explicar que venia de los caños bajos en busca de mujer. Le hicieron la recelosa caridad de un viejo blusón de dril, que sustituyó por su ya andrajosa zamarra de vellocino, y se volvió para sus pertenencias con la misma sofocante soledad con que había llegado, mientras veía revolar una y otra vez por los vértices de la tarde al pájaro de mal agüero.
Cuatro días permaneció el normando en la hornachuela como rendido a un malsano letargo, del que apenas salió alguna vez para trepar a unas dunas o asomarse sin vista a la ya extensa cavidad abierta sobre la calzada. ¿Le llegó luego el olor a hembra por un súbito trastorno de la última pleamar del verano, lo venteó desde allí según el distante rumbo de Zapalejos y gracias a la inhumana desmesura de su olfato perruno? El caso fue que aquella misma madrugada se puso en camino, siguiendo instintivamente el sumergido litoral del lago de Argónida, y a la otra noche columbró la costa que aún seguía llamándose de los Moriscos. Si no hubiese sido por la virulenta fulguración de los ojos o por la rubiasca pelambre leonina, su paso por aquel bullicioso centro de pesquerías (en constante trasiego con los jabegotes del otro lado de la ensenada) no habría suscitado siquiera una disimulada curiosidad. Atravesó las casuchas con la misma furtiva alarma con que cruzara días antes la desolación de Malcorta; comió la cecina de jabalí y chupó la arcilla de magnesia que llevaba en el morral junto al sacrosanto ramito de muérdago, y durmió su primer propiciatorio sueño de Zapalejos alebrado contra el tabique de una zahúrda. Cuando despertó con el alba, se alargó sin más hasta el embarcadero, orientándose por la hedentina de los despojos de pescado y confiándose al natural vaciado del terreno hacia la depresión de la cala.

Ya habían salido las barcas al curricán y, a medida que el normando dejaba correr el tiempo entre caminatas por la playa y ojeos por los malecones, empezó a sentir como un gradual aflojamiento de las tenazas que habían venido hurgándole en las reservas de la lujuria. Algo rebullía dentro de él que desplazaba tantas martirizantes acometidas del sexo como había soportado desde que viera a la mujer en la popa del falucho. Una insinuante propuesta dc comunicación parecía ponerle cerco a su inconmensurable soledad y presintió, en un inesperado relampagueo imaginativo, que iba a ingresar entonces en un mundo que de alguna incongruente manera (y acaso desde la dispersión de su casta de pescadores del Canal enrolados en navíos filibusteros) le había sido despiadadamente proscrito. Lo que muchos años después sería reconsiderado como lo que realmente era, como un fortuito sucedáneo de la fatalidad, ya suscitó entonces en el normando la vaga conjetura de que algo no muy distinto a una estafa le había sido suministrado en forma de diabólicos goteos de obnubilación. Y fue así como lo asaltó la necesidad de quedarse en Zapalejos un tiempo todavía indeterminado, aun sin pretender abandonar ni por asomo sus exploraciones en la calzada, no buscando ciertamente una compensación de lo irremediable sino un simple simulacro de alivio en la sórdida incapacidad para la convivencia que lo perseguía. Y lo primero que hizo a estos fines fue vagar con la oreja presta por el caserío aledaño, atento a algún atisbo de conversación que pudiera resultarle familiar o que, al menos, lograra proporcionarle una pista para hacerse entender.
Zapalejos crecía entonces al mismo abrupto compás que el volumen de transacciones de la pesca del señorío, y gentes de muy diversa calaña y procedencia recalaban a su abrigo por ver de sortear los asedios del hambre y la justicia. Sin llegar, desde luego, a la multiforme población de las fronteras almadrabas, pululaba por allí un creciente reflujo humano principalmente abastecido, a más de por el inestable censo de indígenas, por una abigarrada tropa de inmigrantes italianos y marroquíes. De modo que el normando, a poco de andar de merodeo por los alrededores, vino a escuchar palabras no del todo irreconocibles, emitidas por dos muchachos brunos y cenceños, suspicaces por igual, aunque no exactamente despreciativos cuando mal que bien pudo ponerles en claro que venia de la marisma alta y tenía el propósito de agenciarse algún apaño por aquellos andurriales. Los dos muchachos, que resultaron ser prófugos de Mequínez, tras husmear de cerca al normando y sacar la conclusión de que no era disfraz sino connatural podredumbre lo que llevaba encima, lo condujeron a las cercanías del pósito. Hablaron allí con un hombretón vociferante y ojizaino, de enormes antebrazos tatuados, que no pareció darles mayor beligerancia, pero que terminó brindándole al normando la oportunidad de que volviera a media tarde a echar una mano en el acarreo de la pesca, cosa que efectivamente hizo, cumpliendo a gusto y con provecho la soportable faena de desembarcar esportones de brecas y pejesapos, chocos y japutas.

A la noche, enfangado hasta la cintura y en el irrespirable trajín de la lonja, cobró el normando su primer dinero acuñado en España y obtuvo sin pedirlo que lo apalabraran por más días, a tanto la unidad de carga, según pudo sacar en limpio de lo poco que allí lo estaba. Si no necesariamente satisfecho, sí se sintió ganado por una eventual racha de ufanía y, después de haber conseguido plaza en uno de los barracones que hacían las veces de albergues, se aligeró de mugres y se mercó —al precio de latrocinio estipulado por uno de los moriegos— unas alpargatas de caucho sin estrenar y un calzón medianamente usado. Ya tarde, tendido en la mugrienta litera, masticó una tira de cecina con la todopoderosa gula del descanso triunfante, mientras se abría por la cóncava negrura de la noche la grieta de un sueño distinto a los demás.

En apariencia todo fue bien hasta que, a las pocas jornadas de oficiar en los vaivenes de la pesca, le sobrevino otra vez al normando el concomio del celo y, casi aún más, la imantación que ejercía sobre él la inquietante memoria de la calzada. Hembras había visto de todas las pintas y con muy vario grado de alteraciones por su parte, pero lo que de veras empezaba a roerle nuevamente el sosiego era el enigmático reclamo de aquella zanja abierta con tanto desbarajuste de su propia vida y, a buen seguro, medio taponada ya por algún corrimiento de arena. Tres días más aguantó mientras le crecía la zozobra y se extraviaba frente a una irreconciliable pugna de llamamientos. ¿Decidió entonces hacer lo que hizo, o fue después de efectuar una ansiosa escapada a la marisma, como si se hubiese sentido repentinamente impulsado a comprobar la existencia (o la no existencia) de algún maleficio, regresando a Zapalejos en situación de remunerado y tomadas ya al parecer sus más decisivas y urgentes determinaciones?


II

Tras una ausencia cuyo término coincidió con los primeros indicios migratorios de las aves invernizas, volvió el normando a sus cotas marismeñas en compañía de una adolescente más bien andrajosa, de edad de dieciséis años a lo sumo (cuando ya él debía andar por los treinta y ocho), zafia y asustadiza, no carente de cierta agresiva sazón corporal y de una especie de huraña hermosura filtrándose por la cochambre, con cuyos menesterosos padres, deudos o pupileros debió de cerrar el normando algún ignominioso trato.
Menguaba la luz sobre el chamizo cuando lo avistaron desde unos alcores, y el normando, que durante todo el camino no había dado pruebas de ninguna soliviantada virilidad (amordazado tal vez el deseo por la inminencia de su cumplimiento), al llegar a laaltura de una heredad de la que se había posesionado por fuero de ocupante, volvió a sentir rebrotar con lastimosa saña el empellón de la lascivia. Pero quiso asomarse una vez más, sin embargo, al talud de la calzada antes de conducir a su medrosa compañera a lo que iba a empezar siendo cobijo de rudas y no consumadas bodas.
Ya de vuelta al chozo, arrimó los pocos enseres que habían traído de Zapalejos junto al fogón y, sin decir nada que ella pudiese comprender, sin que mediara ninguna previa tramitación de intimidades, sin violencias tampoco, tumbó a la adolescente sobre el petate y, ya encima de ella, le hurgó entre las ropas con tosca y vacilante mano. La muchacha parecía sumisa y como alobada. Se dejé tocar y lamer la boca y el pecho con una resignada y tal vez habitual lasitud, pero cuando el normando, ya cegado de sofocos, quiso separarle las piernas, la muchacha se revolvió poseída de una supitaña ferocidad, y si bien ya había acabado él renunciando a su presa en las estribaciones de una prematura eyaculación, aún siguió ella forcejeando inútilmente y mugiendo como un animal malherido.

No pudo pasarle por las mientes al normando averiguar si semejante repudio correspondía a un defensivo automatismo frente a alguna remota (o no tan remota) tentativa de estupro o a un congénito terror amoroso latente en sus adentros moriscos. Con el tiempo, se limitó a habituarse a aquellos cotidianos rechazos, de los que no salía envenenado del todo porque, al menos, podía aquietar sus bríos en unas imposturas de posesión donde la obstinada coraza de la virginidad tomaba a veces la forma de un antinatural impedimento, como si de pronto deseara ella entregarse a una desesperada cópula y se viera imposibilitada de realizarla con el sexo abrochado por el atroz anillo de la infibulación.

En todo caso, la muchacha se mostró diligente y servicial y, mientras el normando se afanaba de la mañana a la noche desenterrando lajas y procediendo a esotéricas adivinaciones en las entrañas de las aves o según la orientación del desove de los batracios, se preocupó ella con eficiente solicitud por sacarle partido a su nueva y desatinada experiencia: adecentó y remendó el chamizo, industrió trampas de liga para torcazas y orzuelos para nutrias, pescó en los lucios con una jábega que formara parte de su ajuar y le fue traspasando a toda aquella permuta de miserias (que no otra cosa fue su primera habitación de concubina y doncella juntamente) como una rudimentaria seña de vitalidad. Por las noches, cuando volvía el normando, si no taciturno sí exhausto y como transido, la adolescente le sacaba de comer salazón o huevos de gallareta y le espiaba su hermetismo ovillándose en un fardo de pieles sin adobar. Juntos como estaban en aquel mutuo espacio de despego que ponía entre los dos la extrañeza de la sangre, fueron haciéndose poco a poco compatibles y poco a poco fueron ingeniándose un lenguaje híbrido para nombrar al menos las cosas más perentorias.

En medio de la rutina de aquella convivencia, sostenida por las mismas ceremonias sexuales y los mismos desconcertados trajines, vio el normando una tarde a la muchacha acercándose a la linde del más reciente trecho de calzada descubierto, sabiendo como sabia que nunca había mostrado ella la menor curiosidad por presenciar una faena que no alcanzaba ni remotamente a explicarse. Venía con un sigilo laborioso y ensimismado y nada le dijo ni le dio a entender a su dueño, sino que se echó como una corza en un claro de la junquera y se quedó mirándolo con una fijeza entre mansa y exasperada. El normando se acercó a ver qué hacia allí, y ella desvió los ojos sin hablar cuando él advirtió que llevaba puesta la saya que le comprara en Zapalejos. Tuvo entonces la efímera certidumbre de que iba a quebrantarse al fin el conjuro de una frustración incorporada como una quemadura a sus irredentas vidas, a partir de cuyo cumplimiento se tejería también (con el paso de unos años que acabarían por alterar la geografía y la historia de la marisma argonidense) el primer nudo de una tupida red de incoherencias y fatalidades.
Y así aconteció efectivamente: en una minúscula fracción de tiempo, en menos de lo que tardó en trasponer las crestas del breñal un escuadrón de garzas, la húmeda arena engulló la poca sangre de la virgen, que se quedó extenuada sobre la cama de juncos, las desnudas y mojadas piernas retraídas en una postura fetal que tantas veces, y ya en vano, debió de protegerla de la inerme pesadi lla de la violación. El normando la llevó al chozo no ayudándola, pero sí transmitiéndole una muda suerte de remuneración que ella notaba voluptuosamente adherida al vértice de los pechos y que de algún modo la hacía sentirse confortada por los auspicios de su propia ofrenda. Ya en el chamizo, el normando le colgó del cuello, ensartada a un hilo de pita, la piedra de lincurio —la petrificada orina de gato cerval— que protegería a la desvirgada de las acechanzas del maligno, y le dio a beber la infusión de verónica que iría lubrificando los conductos por donde, llegado el caso, se trasvasaría a la masa placentaria de la hembra lo más enterizo de su sangre.
Así que pasaron tres lunas quedó fecunda la muchacha, a medias favorable acontecimiento que precedió en otras tres lunas al presumible hallazgo del confín natural —o del sísmico derrumbe— de la calzada, ya en las lomas que quedaban fuera del alcance de las mareas conducidas hasta los lucios por el caño Cleofás. Estaba al caer la noche y el normando tuvo que prender una vareta untada de bálsamo de azofeifo para no dar un traspiés por la ya tenebrosa oquedad abierta tras las últimas lajas visibles. Caló con tiento las paredes que casi rebasaban su altura y, a poco que anduvo hurgando, un leve desprendimiento vino a descubrirle la boca medio taponada de un boquete todavía impreciso, del que sacó la tierra floja que pudo, arrimando luego el hachón sin lograr ver otra cosa que una especie de nicho circular excavado en un murete de piedra.

Los retumbos del pecho no lo dejaron ir aquella noche más lejos en su desatentada explotación, pero al día siguiente, con los primeros despuntes del alba activando su insomnio, ya estaba otra vez allí escudriñando y extrayendo las molidas valvas que alfombraban lo que resultó ser el arranque de un angosto túnel. Y por allí se arrastró igual que un hurón, hasta que le falló el piso bajo las manos y se puso a escarbar frenéticamente como si tuviera la anticipada evidencia de que iba a encontrar, como en realidad encontró, un asombroso rimero de preseas y utensilios de metales preciosos.
No supo entonces el normando (ni nunca llegaría a Saberlo a ciencia cierta) lo que había descubierto después de tantas y tan visionarias esclavitudes, pero un deslumbrante pasmo lo sobrecogió mientras reunía el grueso de las piezas en el declive arenoso. Se quedó luego al borde de la oquedad, genuflexo y estupefacto, medio imaginándose que había sido precisamente eso, no el presagio de la calamita sino el hipnótico flujo del metal argonidense, quien lo mantuvo maniatado desde que el golpe del azadón contra la primera losa de la calzada lo retrotrajera al centro premonitorio del tesoro, aun sin haber tenido aviso de su existencia ni a través del legendario conducto de sus belicosos antepasados ni por medio de escrituras secretas, confidencias oníricas o artes adivinatorias.
El normando volvió a enterrar los objetos en lugar distinto al del hallazgo (sin relacionar en absoluto los emporcados destellos del oro con ninguna clase de aojamiento), solapó lo mejor que pudo el nuevo escondrijo y se volvió para el chozo con la congoja del sentenciado a una vigilia perpetua. Y allí se encerró como huyendo de sus propias ofuscaciones o como si ya lo persiguieran, que todavía no, los abominables endriagos que contagiaban la vesania a cuantos interferían sus designios. A nadie informó, no obstante, de su descubrimiento, ni siquiera a la desvalida preñada, la cual lo vio desde aquel punto y hora languidecer y permanecer días enteros en una vegetativa inmovilidad, sólo interrumpida por alguna súbita escapada a los rezumaderos de la breña, mientras el vientre de ella se abultaba ante la manifiesta ignorancia de él y por toda aquella tórrida paramera se iban acumulando anticipadamente los periódicos arrasamientos de la sequía.

A las treinta y cuatro semanas mal contadas de haber sido engendrado, vino al mundo, con el cordón umbilical uncido al bramante del lincurio y sin otra ayuda que el desgarrador instinto de la parturienta, un varón de pelo de brea y ojos verdirrojizos copiados del ágata de los de la madre, al que dieron el nombre de Perico Chico y que, andando el tiempo, sería legalmente inscrito en el registro del condado como Pedro Lambert Cipriani, hijo de Pedro o Pierre Lambert (de incierto segundo apellido) y de Manuela Cipriani Lobatón (presunta bastarda de calabrés y morisca), siendo así como se fundó de hecho el linaje que tantas y tan indelebles marcas vendría a dejar en aquellas inhóspitas demarcaciones marismeñas.