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25 abril 2006

Comentarios de una lectora - No me cogeréis vivo


“No me cogeréis vivo”
de Arturo Pérez-Reverte


Como meros apuntes sin más deseo de entrar en una crítica literaria que no me corresponde hacer, comento uno de los últimos libros leídos, señalando una corta reseña de la obra y una opinión que, por personal, es subjetiva y siempre abierta a discusión:


No me cogeréis vivo (Arturo Pérez-Reverte), editado por Santillana en el 2005, recoge los artículos periodísticos del autor publicados entre los años 2001 y 2005 y que sirven como continuación a los dos primeras colecciones publicadas en años anteriores, con los títulos Obra Breve/1, Patente de Corso y Con ánimo de ofender. Poseen todos estos títulos el mismo afán generalista en cuanto a la temática que el que sirve de objeto a este comentario, excepto algunos artículos que, por su tema especialmente puntual, pierden sentido sacado fuera del contexto que los originó.

Nada hay que señalar de nuevo en esta colección de artículos publicada ya que tienen la impronta de una prosa ágil, sencilla de leer. y muy apta para poder expresar las opiniones de su autor en ese lenguaje cercano, coloquial, y del gusto de una generalidad de lectores, entre los que destacan los jóvenes que son, en su mayoría, auténticos fans de este escritor porque les sabe hablar en el mismo lenguaje que utilizan ellos, sin perder un ápice de claridad expositiva ni riqueza conceptual; pero adaptándola a quienes, sabe, son sus principales destinatarios en la mayoría de los casos.

Es un periodista-escritor que sabe contar los hechos que le preocupan, llaman su atención o, simplemente, le fastidian, de una forma clara, concisa y tajante; pero sin renunciar a utilizar los vulgarismos a los que tiende el lenguaje de la calle. Por ello, utiliza términos, por ejemplo, como los arradios, (refiriéndose a los receptores de radio), aún sabiendo que comete una falta sintáctica y ortográfica, para acercar su lenguaje y estilo, en un guiño irónico, al que se ha oído usar en muchos lugares de la geografía española cuando la cultura era escasa y las lecturas también, por lo que les son conocidos a muchos ocasionales lectores que encuentran en estos breves textos la paradoja de que, quien critica en estos artículos los malos hábitos en las costumbres de esta sociedad adocenada y acomodaticia cada vez más vulgar y poco exigente en su lenguaje, los utiliza en un quiebro burlón y sarcástico que pone en evidencia lo que piensa verdaderamente de una sociedad en la que vive y forma parte de ella, pero a la que desprecia en sus facetas más deleznables como son la miseria moral y el acanallamiento de sus costumbres y apetencias.

En Pérez-Reverte no se puede buscar estilo literario, en el sentido estricto, a no ser el que proporciona, precisamente, su ausencia deliberada de cultismos y de todo lenguaje metafórico, usando en su lugar la claridad expositiva, la llaneza en los adjetivos y el evidente deseo de contar historias para todo tipo de lectores y que puedan ser leídas y comprendidas por todos y no sólo por aquéllos bien hablados y mejor leídos; pero que, evidentemente, éstos no son la mayoría de los lectores ni, menos aún, quienes necesitan incentivos para acercarse a los libros y disfrutarlos como es el de verse reflejados en ellos a través de un lenguaje sencillo en el que se reconocen.

Pérez-Reverte es un escritor-pintor de la batalla de la vida, sin más adornos ni florituras, además de Un pintor de batallas, porque ha vivido, ha viajado como reportero y ha estado en demasiadas guerras que le han obligado a digerir esa parte trágica y sangrienta de la existencia humana que, por su condición de corresponsal de guerra, conoce demasiado bien. Esas experiencias son las que le han dado esa impronta de escritor de vuelta de todo; pero al que le importa más narrar la vida que inventarla, y denunciar a quienes disfrazan la verdad y la justicia para presentarlas acorde a sus intereses y, sobre todo, contar historias a quienes están deseosos de beberla en los libros porque todavía no la han probado con toda su crudeza por sus pocos años; pero sin olvidar a quienes por edad, experiencia, o desengaños, cuando le leen se sienten identificados porque en sus páginas corren, saltan y golpean la vida, el dolor y las miserias humanas por unas páginas que están exentas de “contenido literario”, como afirman algunos, pero plenas de sentido común, sinceridad, honestidad, crudeza y hasta, si apuran un poco, de mala leche.
Ana Alejandre
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