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20 diciembre 2017

Fernando Aramburu

Fernando Aramburo
Fernando Aramburu

Fernando Aramburu, autor de "Patria·, la novela definitiva sobre las víctimas de ETA, que ha obtenido el Premio de la Crítica 2017

Ana Alejandre

Poeta, narrador y ensayista español, nacido en San Sebastián, en 1959. En el seno de una familia obrera. Licenciado en filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza.

Desde siempre se sintió atraído por la literatura y ello le llevó a participar en su ciudad natal en la fundación del grupo CLOC de Arte y Desarte, de tendencia surrealista y dadaista, cuyo grupo editó una revista y tuvo gran actividad en la vida cultural del País Vasco, Navarra y Madrid desde 1978 a 1981. La actividad desarrollada por dicho grupo cultural se basaba en acciones de toda clase y en las que predominaba una singular mezcla de poesía, contracultura y sentido del humor.

Desde muy joven sintió gran admiración por Albert Camus, Fedor Dostoievski y Fran Luís de León, entre otros autores. Inició su actividad literaria con el poemario “Ave Sombra” (1981) y poco después “El librillo” que es una colección de textos poéticos para niños.

La primera obra literaria de Aramburu, autor que ha manifestado siempre una profunda admiración por autores tan dispares como Albert Camus, Fedor Dostoievski o Fray Luis de León; así como Franz Kafka, Luis de Góngora o Charles Dickens, fue el libro de poemas “Ave Sombra” (1981). También en este período publicó “El Librillo”, textos poéticos para niños.

Se trasladó a residir en Alemania en 1985, en la ciudad de Hannover, y está casado con una ciudadana alemana. En dicho país permanece en la actualidad, en el que ha impartido clases de lengua española a descendientes de emigrantes hasta 2009, año en el abandonó su actividad docente para dedicarse totalmente a la literatura.

Su primera obra la publicó en 1996 y llevaba el título de Fuegos con limón, novela que está inspirada en sus experiencias en el grupo CLOC y en él se observan ciertas resonancias autobiográficas. Dicha obra la protagoniza Hilario Goicoechea, joven universitario de finales de la década de los 70, que pasa a formar parte del grupo literario llamado La Placa. Esta novela obtuvo el Premio Premio Ramón Gómez de la Serna

Su obra literaria está compuesta, hasta la fecha, por nueve novelas, incluyendo la ya mencionada Fuego con limón, a la que siguieron Los ojos vacíos (2000, primer libro de la Trilogía de Antíbula, territorio convulso por el asesinato del rey y la huida de la reina, y a cuyo lugar llega un misterioso extranjero, El trompetista del Utopía (2003) libro cuyo protagonista, Benito Lacunza, trompetista de un bar del barrio madrileño de Almenara, viaja a Estella para reencontrarse con su padre que agoniza. Ha escrito también para el público infantil “Vida De Un Piojo Llamado Matías” (2004).

Una de sus obras más reconocida por la crítica es la colección de relatos “Los Peces De La Amargura” (2006), compuesta por diversos textos sobre las víctimas del grupo terrorista ETA y que ha sido galardonada con diversos premios tales como el Premio Mario Vargas Llosa, el Premio De La Real Academia Española y el Premio Dulce Chacón.

Otras novelas de Aramburu son “El Trompetista Del Utopía” (2003), Bami Sin Sombra (2005), segundo libro de la Trilogía de Antíbula) “Viaje Con Clara Por Alemania” (2010), novela que relata el viaje de una pareja por el norte del país germánico, con el fin de escribir una guía personal;. También, “Años lentos” (2012) que obtuvo el premio Tusquets de novela 2011, obra que narra la crónica de una familia vasca en los años 60.

.A esos títulos le siguieron La gran Marivián (2013. tercer libro de la Trilogía de Antíbula), Ávidas pretensiones.(2014) que ganó el premio Biblioteca Breve. Después publicó “Las Letras Entornadas” (2015), diálogo sobre literatura que invita a gozar de los placeres de la vida.. Por último, publica la aclamada “Patria” (2016) libro del que es protagonista una mujer cuyo marido fue asesinado por un comando de ETA. La viuda decide volver a su hogar cuando la banda terrorista anuncia el abandono de las armas, a pesar de la actitud recelosa de sus convecinos.

. Dicha obra ha obtenido el Premio de la Crítica de 2017, Premio Francisco Umbral al Libro del Año, en 2017, y Premio del Club Internacional de la Prensa 2017.

Aramburu, a lao largo de su carrera literaria, ha recibido otros premios literarios españoles que están reseñados en el apartado dedicado a tal fin.

·Muchas de sus obras han sido traducidas a varios idiomas. Es asiduo colaborador de la prensa española, de cuya actividad se ofrece una muestra en este espacio.



Bibliografía de Fernando Aramburu

Novela:                                                                                                        
Fernando Aramburu

Fuegos con limón, 1996
Los ojos vacíos, 2000
El trompetista del Utopía, 2003
Bami sin sombra, 2005
Viaje con Clara por Alemania, 2010
Años lentos, 2012
La gran Marivián, 2013
Ávidas pretensión, 2014
Patria, 2016

Relato:

No ser no duele, 1997
El artista y su cadáver, textos breves de contenido diverso, bromas surrealistas y microrrelatos; 2002
Los peces de la amargura, 2006
El vigilante del fiordo, 2011

Narrativa infantil:

El ladrón de ladrillos, 1998
Mariluz y los niños voladores, 2003
Vida de un piojo llamado Matías, 2004
Mariluz y sus extrañas aventuras, 2013

Poesía:

El librillo, 1981
Ave Sombra/Itzal Hegazti, 1981
Bruma y conciencia/Lambroa eta kontzientzia (1977-1990), 1993
El librillo, poemas para niños; 1995
Yo quisiera llover, 2010


PREMIOS

Premio Ramón Gómez de la Serna 1997
Premio Euskadi 2001
Premio Mario Vargas Llosa NH 2007 por Los peces de la amargura
Premio Dulce Chacón 2007 por Los peces de la amargura
Premio Real Academia Española 2008 por Los peces de la amargura
Premio Tusquets de Novela 2011 por Años lentos
Premio de los libreros de Madrid 2012 por Años lentos
Premio Biblioteca Breve 2014 por Ávidas pretensiones.
 Premio Ramón Rubial 2016 por Patria
Premio Francisco Umbral al Libro del Año al libro del año 2017 por Patria
Premio de la Crítica 2017 por Patria
Premio del Club Internacional de la Prensa 2017 por Patria


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Artículos de Fernando Aramburu

¿Por qué matamos?
(El País, 24 feb 1998)
Fernando Aramburu

Hay personas que arreglan cañerías, venden fármacos o conducen locomotoras. Nosotros también hacemos lo que sabemos, lo que nos han enseñado. Nosotros matamos. Desde niños nos han alentado a ello las rencorosas soflamas paternas y maternas en torno a la mesa familiar, la ponzoña patrioteril que inocula el maestro en el alma maleable de los alumnos, la cuadrilla de amigos del barrio en la que por vía mimética se aprende temprano a embotar el sentido de la culpa y, cómo no, la taberna, que es la universidad por excelencia de los iletrados.Hay poca cultura dentro de nuestros pasamontañas. Por eso matamos. Matamos por la atracción que ejerce en nuestros cerebros atestados de propaganda el prestigio varonil de la fuerza bruta. A nosotros se nos hace muy cuesta arriba progresar por los vericuetos del razonamiento. La realidad social está cuajada de matices, de sutilezas democráticas, de pros y contras: cuánta complicación. Nosotros preferimos simplificar la realidad allanándola a puro bombazo. La muerte es nuestro lenguaje. La muerte es lo único que podemos decir. El porvenir que anhelamos es el producto resultante de un alto número de muertos. Se hace camino al matar.

Matamos antes de nada para ganar enemigos, por cuanto la existencia del enemigo justifica el matar. Nosotros acertamos caiga quien caiga. "Algo habrá hecho para que lo maten", se oye a menudo murmurar en las esquinas de Euskadi. La culpa es siempre de la víctima y de quienes vierten lágrimas por ella. Nosotros aspiramos a la paz, a una paz duradera y justa, que consiste principalmente en que nosotros dejemos de matar. Si no fuera porque aspiramos a la paz, no habríamos matado a ochocientas y pico personas, niños inclusive. ¡Con lo sencillo que sería alcanzar un acuerdo! Hágase nuestra voluntad, frágüese una frontera al viejo estilo, que aísle Euskalherría del resto de Europa, y entonces.... entonces sólo mataremos en nuestros pueblos y vecindades.

Nosotros matamos para que al día siguiente lo cuenten con detalles los medios de comunicación, de suerte que los comentaristas de actualidad nos aclaren a nosotros mismos por qué matamos, cuál es el sentido de nuestra acción y, muchas veces, a quién hemos matado. Matamos de costumbre con pretextos acompañados por el adjetivo vasco, en la inteligencia de que todo lo vasco inspire resquemor, antipatía, repugnancia. Pretendemos que la ciudadanía española y francesa, confundida por la rabia, aborrezca no menos a los vascos pacíficos que al puñado violento. Nuestras balas no atraviesan nucas para que después las multitudes griten "ETA no, vascos sí"; pero en el fondo qué más da si, total, nosotros vamos a matar se diga lo que se diga y pase lo que pase. Pues cuando, al filo de las primeras canas, comprendemos el sinsentido de matar, aparece un nuevo bruto, joven, voluntarioso y con ansias de reunir méritos de guerra, que toma el arma y reanuda la matanza.

Matamos, algunos, con la vista puesta en lograr reconocimiento de vasquidad. Por la puerta de la militancia seperatista aspira a asimilarse el descendiente del inmigrado. Matar con esa excusa da derecho al pasaporte vasco en la nación deseada. Matar para ser vasco. No faltan en nuestras listas de solícitos apretadores de gatillos patronímicos como Álvarez, González Peñalva, López Riaños, Manzanos, Parot, etcétera. ¿Qué diría Sabino Arana si supiera que individuos de dudosa pureza sanguínea y de preocupante Rh, enarbolan su bandera, se apropian de su entelequia patriótica y luchan por la liberación de Euskalherría liquidando a gente llamada Olaciregi, Iruretagoyena o Múgica? No queda más remedio que redefinir el concepto de raza vasca. Vasco auténtico: dícese, hoy por hoy, de cualquier habitante del planeta que postula la independencia de Euskadi. El resto de la humanidad está en la lista negra.

Y es que en realidad nos vence el miedo a dejar de matar. Lo uno por no estar en una celda a solas con el recuerdo de lo que hicimos, a merced de los remordimientos y de la certeza incontestable de la inutilidad de nuestro furor.

Lo otro, porque ¿quién tiene redaños para ser el Maroto que ponga fin con un nuevo abrazo de Vergara, de Argel o de donde sea, a esta guerra unilateral cuyo único lance bélico consiste en que nosotros vamos por ahí a escondidas y matamos? Dejar de matar nos irrogaría el repudio de los compañeros de locura. Caminaríamos por el pueblo y oiríamos mascullar a nuestra espalda: ése es el traidor que ordenó la tregua indefinida. Supondría, además, admitir públicamente que toda la sangre derramada, la propia y la ajena, ha sido en vano. Mejor, por consiguiente, seguir matando, aunque sea en vano, hasta tanto llegue la derrota que en nuestro fuero interno apetecernos; la que nos sacaría del laberinto que nosotros mismos hemos maquinado y del que no sabemos salir solos; la que transmitiría a las generaciones venideras de adolescentes vascos, imbuidos del fanatismo nacionalista, el convencimiento de que todavía existe una cuenta histórica pendiente.

Por nuestra cuenta no pararemos nunca de matar, como no sea que, desatada la disidencia en nuestras filas, nos matemos a tiros entre nosotros. Ya falta menos, no se preocupen. Y, si no, al tiempo.


Tocado por la genialidad
Fernando Uramburu
(El País 17 may 2017)

La primera vez que oí mencionar el nombre de Félix Francisco Casanova fue en una carta del poeta Francisco Javier Irazoki. Se acababa la década de los setenta del siglo pasado. Por entonces seguía siendo común el intercambio epistolar. Me bastaron unas pocas muestras de la poesía de aquel chaval canario, muerto pocos años antes por causa de un escape de gas mientras tomaba un baño en su domicilio de Santa Cruz de Tenerife, para percatarme de su enorme calibre literario.

Aquellos pocos poemas que conocí por mediación de Irazoki tenían los ingredientes justos para que a uno, al leerlos, le produjesen con gran intensidad la experiencia poética. No me cupo la menor duda de que quien los había compuesto estaba dotado de una gracia particular. No es sólo que los textos estuvieran bien escritos. De hecho, la literatura de Casanova huele a todo menos a escritorio. Era otra cosa que nadie, ni el erudito más dilecto, ha sabido definir hasta la fecha, aunque somos muchos los que nos llenamos la boca con su nombre.

Aquellos poemas tenían un misterio, una musicalidad no nacida de las convenciones métricas y una fuerza expresiva que los hacía de todo punto seductores. Eran, desde luego, distintos de cuanto escribían los jóvenes de mi tiempo; en muchos casos, dignos epígonos del estilo literario de sus mayores. No, aquellos poemas en los cuales lo lúdico y lo luctuoso se mezclaban con afortunada y a la vez inexplicable armonía estaban tocados de la genialidad. Los largos años transcurridos desde entonces no me han apeado de mi impresión primera.

Aquellos poemas tenían un misterio, una musicalidad no nacida de las convenciones métricas y una fuerza expresiva que los hacía de todo punto seductores
Otro poeta, Jorge G. Aranguren, me proporcionó las señas postales de Félix Casanova de Ayala, padre de Félix Francisco. Ya entonces el hombre, que, aquejado de melancolía, había renunciado a prolongar su propia obra, cultivaba con entrañable denuedo la memoria del hijo fallecido. Le escribí. Me topé con lo que había, una humanidad profundamente dolida, primero por la pérdida de la esposa, después por la del hijo superdotado y compañero de páginas. Juntos habían llenado de poemas Cuello de botella, cuya publicación Félix Francisco no pudo ver. Su padre me procuró los libros de este. Él mismo me los había dedicado en nombre del hijo para siempre ausente. El cartero me entregó aquellas joyas enviadas a San Sebastián desde Canarias: una maleta llena de hojas, la referida Cuello de botella y un diamante en forma de novela, El don de Vorace, que Félix Francisco había escrito a los 17 años en poco más de 40 días.
La publicación de las Obras completas de Casanova, editadas con esmero por la editorial Demipage, supervisadas por el ojo infalible de Irazoki, se me figura un acontecimiento cultural de primera magnitud. A veces dan ganas de que existan el cielo, el más allá, no sé, una atalaya para difuntos desde la cual Félix Casanova de Ayala pudiera disfrutar del resultado de sus desvelos. A su lado, Félix Francisco seguro que se lo tomaría a risa mientras indaga qué tipo de música escuchan los jóvenes actuales.






04 septiembre 2017

Rafael Sánchez Ferlosio




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Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 4 de diciembre de 1927) es un novelista y ensayista español, que estuvo integrado al principio de su carrera literaria en el llamado realismo social de la posguerra, movimiento literario en el que destaca su obra más importante “El Jarama”.

Es hijo del escritor Rafael Sánchez Mazas (señalado falangista que sufrió un frustrado intento de fusilamento durante la Guerra Civil, hecho que fue descrito en la novela de Javier Cercas en su novela “Soldadados de Salamina” en 2001) y de la italiana Lucia Ferlosio.
En su ciudad natal vivió los primeros años de su infancia por la corresponsalía de su padre que era también cronista del diario ABC.

Al regreso familiar a España, Rafael Sánchez Ferlosio estudió en el internado de los jesuitas de Villafranca de los Barrios, y posteriormente, cursó los estudios preparatorios para el ingreso en la Escuela de Arquitectura, aunque los abandonó para estudiar filología semíótica en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid en la que se doctoró.

En sus años universitarios entró a formar parte de un grupo de jóvenes escritores que serían después escritores muy importantes en la literatura española de mediados del siglo XX. Con algunos de ellos, Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite (con la que contraería matrimonio en 1954) y Jesús Fernández Santos, formaron un movimiento literario conocido como la Generación del 50 y también como la Generación de los Niños de la Guerra.

Sánchez Felosio comenzó a publicar relatos, a finales de la década de los cuarenta, en varias revistas españolas, dando así comienzo a su carrera literaria. Dirigió junto a Ignacio Aldecoa y Alfonso Sastre la Revista Española, fundada en 1953 por Antonio Rodriguez Moñino, aunque esta publicación dejó de publicarse en 1954. En ella publicó Sánchez Ferlosio dos narraciones y la traducción de Totò, il buono, de Cesare Zavattini A pesar del poco tiempo que duró esta publicación, sirvió para dar a conocer a escritores desconocidos o con fama incipiente que años más tarde se convertirían en figuras importantes de la literatura nacional, al publicar sus relatos, incluso obras teatrales –como fue el caso de Juan Benet-, y artículos del filósofo Manuel Sacristán.

Impulsado por su apasionado interés por el cine, se matriculó en la Escuela Oficial de Cinematografía, aunque abandonó estos estudios más tarde.

Aunque Sánchez Ferlosio fue reconocido literariamente a nivel nacional e internacional con su emblemática novela “El Jarama”, antes aludida, antes llamó la atención con el relato “Industrias y andanzas de Alfanhui”. en 1951, en el que aúna los datos autobiográficos y lo fantástico, con lo que consigue poner en entredicho lo que consideramos realidad. Fue alabado por su depurado estilo y el novedoso argumento que despertó un gran interés.

Su novela cumbre “El Jarama” se integra en la corriente neorrealista de los años cincuenta y dio comienzo a una destacada etapa de la novelística española. Esta novela fue ganadora del premio Nadal, en 1955, premio de la Critica de 1957. El argumento de la novela narra las dieciséis horas de un domingo cualquiera de verano orillas del río homónimo del título de la novela. El autor describe el propio universo juvenil a través de su diálogos en los que se encuentran sus peculiares modismos y giros coloquiales propios de la época. Esto convierte a esta novela en un ejemplo de la llamada “novela magnetofón”, es decir, novela objetiva que carece de narrador y sólo expone la conducta externa de sus personajes, recurso estilístico novedoso para el año en el que fue escrita.

Por la resonancia que obtuvo esta novela, supuso el reconocimiento de Sánchez Ferlosio entre los más importantes escritores de aquellos años y tuvo una gran influencia en la literatura española de la segunda mitad del siglo XX.

Después de unos años de silencio, Sánchez Ferlosio volvió a publicar otras novelas y obras dirigidas al público infantil y juvenil, pero especialmente ensayo, género en el que ha destacado siempre.

Fue de este género ensayístico su obra “Las semanas del jardín”, de tema fundamentalmente literario, obra de reflexión crítica sobre los recursos y técnicas narrativas.

Volvió a la novela con el título El testimonio de Yarfoz (1986), novela con la que quedó finalista del Premio Nacional de literatura, modalidad de narrativa. También, en dicho año, publicó “La homilía del ratón”, colección de artículos; “El ejército nacional”, y el extraordinario ensayo que cuestiona el concepto de progreso “Mientras no cambien los dioses, nada habrá cambiado”, y “Campo de Marte•.

En los siguientes siguió publicando otras obras de ensayo como son los títulos “Ensayos y artículos” (1992) y “Vendrán más años malos y nos harán más ciegos “(1993), compuesto por una variedad de textos varios y dispersos (epigramas, aforismos, fábulas, versos,) que contravienen lo establecido y las ideas convencionales . Por esta obra obtuvo el Premio Nacional de Ensayo y el premio Ciutat de Barcelona en 1994.

Obras posteriores son “El alma y la vergüenza” (2000), “La hija de la guerra y la madre de la patria” (2001) y “Non olet” (2003). Es autor, también, de poesía, relatos “Y el corazón, caliente” (1961), “Dientes, pólvora, febrero” (1961) y de obras de narrativa infantil “El huésped de las nieves” (1982), “El escudo de Jotan” (1989).

A su labor creadora hay que sumar la periodística que ha llevado a cabo intensamente, colaborando en la revistas El Urogallo, Claves de Razón Práctica, Cuadernos Hispanoamericanos y Revista de Occidente y en los diarios Arriba, ABC, El País y Diario 16, entre otros. Dicha actividad le ha supuesto obtener los más importantes premios periodísticos como son el Francisco Cerecedo de la Asociación de Periodistas Europeos (1983), el Mariano de Cavia (2002) y el Francisco Valdés (2003).

Según el propio Sánchez Ferlosio, sus referentes literarios e influencias más importantes son las de los escritores a Max Weber, T. W. Adorno y Karl Bühler.

Entre otras distinciones recibidas es Doctor honoris causa por la Universidad La Sapienza de Roma y por la Universidad Autónoma de Madrid. Sus obras han sido traducidas al inglés, francés, alemán, italiano, ruso y al chino, entre otras lenguas. En 2004 le fue concedido el Premio Cervantes, el más importante de las letras españolas como reconocimiento a su “espíritu libre” y a su “trabajo como narrador y ensayista”.

En ese mismo año, salieron publicadas sus últimas obras “El geco. Cuentos y fragmentos”, recopilación de textos fechados entre 1956 y 2004, siendo inédito uno de ellos; “Los príncipes concordes”, y “Un escrito sobre la guerra”, publicado en la colección de inéditos del Instituto Cervantes.


En la actualidad reside en Madrid, aquejado de una grave dolencia de visión, aunque no ha dejado de escribir.

Bibliografía de Rafael Sánchez Ferlosio


Novela                                                                    
Rafael Sánchez Ferlosio

Industrias y andanzas de Alfanhuí (Cíes, 1951)
El Jarama2 (Destino, 1955), premios Nadal y de la Crítica
El testimonio de Yarfoz (Alianza, 1986)

Relato

Dientes, pólvora, febrero (Papeles de Son Armadans, 1956)
Y el corazón caliente (Destino, 1961)
El huésped de las nieves (Alfaguara, 1982)
El escudo de Jotán (Alfaguara, 1983)
El geco. Cuentos y fragmentos (Destino, 2005)

Ensayo

Las semanas del jardín (Nostromo, 1974)
Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado (Alianza, 1986)
Campo de Marte 1. El ejército nacional (Alianza, 1986)
La homilía del ratón (El País, 1986)
Ensayos y artículos, I y II (Destino, 1992)
Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (Destino, 1993), premios Nacional de Ensayo y Ciudad de Barcelona
Esas Yndias equivocadas y malditas (Destino, 1994)
El alma y la vergüenza (Destino, 2000)
La hija de la guerra y la madre de la patria (Destino, 2002)
Non Olet (Destino, 2003)
Glosas castellanas y otros ensayos. Diversiones (Fondo de Cultura Económica, 2005)
Sobre la guerra (Destino, 2007)
 God & Gun. Apuntes de polemología (Destino, 2008)
Guapo y sus isótopos (Destino, 2009)

Obras completas
Campo de retamas (Mondadori, 2015), pecios reunidos
El escudo de Jotán (Debolsillo, 2015), cuentos reunidos
Ensayos I: Altos estudios eclesiásticos. Gramática, narración y diversiones (Debate, 2015)
Ensayos II: Gastos, disgustos y tiempo perdido (Debate, 2016)
Ensayos III: Babel contra Babel (Debate, 2016)
Ensayos IV: Qwertyuiop (Debate, 2017)


Artículos de Rafael Sánchez Ferlosio

Virilidad                                                                               
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Rafael Sánchez Ferlosio

(El País, 19 NOV 1994)

El que, ante un niño que bajo la sonriente complacencia de unos padres incapaces de imaginar que pueda molestar a nadie corre por entre las mesas del local, dice: " Lo que ese niño necesita es un par de hostias bien dadas" está expresando lo que él necesitaría: poder dárselas. Pertenece a la misma ralea viril que el que, ante una chica nerviosa o estridente, dice: "Lo que ésa necesita es un buen polvo" porque le humilla reconocer la vibración que enciende su deseo y tiene que camuflarla en expresión de afrenta y de desprecio. Estos que saben remediar al prójimo con hostias y con polvos son los maccro de le bâton et la carotte, que no aguantan a los demás como sujetos, sino sólo como objetos de sometimiento y de control.

(Ordalia). Sólo el castigo pudo hacer unívocas, discontinuas, las nociones del género de "culpa" o de "pecado". La alternativa de sí o no en que nos las encontramos sumergidas no tiene un origen en sí mismo lógico, sino pragmático: la violencia creadora de derecho. Sólo la guerra o la acción ejecutiva, el veredicto de las armas o de los tribunales, imponen disyuntivas tan tajantes como la de inocente o culpable o la de tener razón o no tener razón
El rencor consiste en la obstinación en que cuando ya no es así, siga siendo así, porque una vez ha sido así, una culpa de hace 50 años se convierte en 50 años de culpa.

(Paisaje). Por el lomo de la alta pared del huerto coronada con cascotes de botella venía andando esta tarde un gatito sin cortarse.
__________________
Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de noviembre de 1994



Aviso urgente a los contricantes

Rafadel Sánchez Ferlosio

(El País, 23 MAY 1993)

Suelo decir que Antonio Gramsci forma con Rosa Luxembourg la más ilustre pareja de intelectuales que crió, apenas a tiempo, el comunismo, antes de abominar definitivamente de la funesta manía de pensar. Pues bien, Gramsci advirtió de que la expresión "lucha ideológica" era una torpe metáfora que más valía no usar o que, de usarla, había que hacerlo con toda la precaución de no perder de vista la decisiva diferencia de que mientras en la lucha física o la guerra era válido y conducente a la victoria atacar los puntos débiles del adversario, en la mal llamada lucha ideológica sólo era, en cambio, procedente acometer los puntos fuertes. El jovencísimo Menéndez y Pelayo de los Heterodoxos (libro en el que inventó el género que yo llamo "libro infierno", pues van a parar a él todos los malos, y que fue cultivado por Lucaks con su El asalto a la razón) contraviene la sabia prescripción gramsciana con sus representaciones musculares del pensar: "atletas de la escolástica" "potencia intelectual", "asentar verdades como el puño", "contundente en casi todo lo que es filosofia pura y monumento de inmenso saber y de labor hercúlea", "era su erudición la del claustro, encerrada casi en los canceles de la filosofia, escolástica, pero ¡cómo había templado sus nervios y vigorizado sus músculos esta dura gimnasia!", "todo lo recorrió y lo trituró, dejando dondequiera inequívocas muestras de la pujanza de su brazo", "molió y trituró como cibera a los débiles partidarios que en Sevilla comenzaba a tener la nueva filosofia ecléctico-sensualista del Genovesi y de Verney", "en cabeza suya asestó el padre Alvarado golpes certeros y terribles" (Heterodoxos, VI-3-VII, VI-4.-I y VII-2-V).

El gramsciano rechazo de la mera noción de lucha ideológica es, a la postre, lo que me pone diametralmente en contra de los que celebran como un gran adelanto democrático la introducción de debates electorales en España. Antes por el contrario, lo deploro como una vuelta de tuerca más al ya bastante avanzado encanallamiento y prostitución de la palabra.
El debate televisivo es una perversión sólo capaz de complacer a mentalidades primitivas, casi paleolíticas, como las del regresivo agonismo norteamericano, que no puede entender nada de nada como no se le presente en términos de ganador y perdedor. Y no es que no haya antecedentes europeos: en las disputationes académicas de Salamanca, en los siglos XVI y XVII, parece ser que los "ergos" se contaban como hoy se cuentan los goles en el fútbol: "¡Fulano le ha metido diez y nueve ergos a Mengano!". Estas disputationes universitarias fueron después, con toda razón, consideradas como la máxima degradación intelectual




01 marzo 2017

Eduardo Mendoza


Eduardo Mendo

Ana Alejandre


El Premio Cervantes 2016 le fue concedido al escritor Eduardo Mendoza. Dicho premio, el más importante de las letras españolas, está dotado con 125.000 euros y su finalidad es reconocer el conjunto de la obra de los escritores que hayan enriquecido el legado literario en lengua española.

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) novelista español. Licenciado en derecho (1966), trabajó como pasante, asesor jurídico y traductor en la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, entre 1973 y 1982, Se trasladó posteriormente a Europa para seguir trabajando en dicha organización, aunque vivía en Barcelona la mitad del año.

Publicó su primera novela La verdad sobre el caso Savolta en 1975 que obtuvo el Premio de la Crítica y tuvo un gran éxito entre los lectores. Su protagonista esencial es la ciudad de Barcelona en los años convulsos de 1917-1918 por las sucesos revolucionarios que tuvieron como escenario la capital catalana. Estos sirven de fondo para que desfilen una serie de personajes variopintos y caricaturizados, muchos de ellos disparatados, que deambulan en un ambiente abigarrado en el que se mezclan las fiestas de la alta burguesía catalana con los atentados anarquistas narrados con recursos del género policíaco, aunque presenta también esta obra otras aportaciones, tanto en lo que concierne a la estructura narrativa como a lo meramente lingüístico, que presentan otro géneros que van desde los diversos tópicos de las novelas de caballería hasta los de la narrativa moderna más comercial. Toda la obra ofrece una constante ironía que remarca su naturaleza tragicómica. Con esta novela Mendoza se aproxima a la estética de los novísimos, en un rechazo explícito de caer en la carecterización específica española. A esta obra se la considera la obra de narrativa más importante de las letras españolas en la segunda mitad del siglo XX.

La segunda novela El misterio de la cripta embrujada (1979) ofrece un intento experimental más acusada y desenfadada. En ella se intesifica la parodia de la novela negra hasta el límite de la farsa. Posteriormente, publicó El laberinto de las aceitunas (1982) epresenta una nueva variante del original género detectivesco repleto de humor y su escepticismo del rigor aplicado a las investigaciones de asuntos ridículos y risibles. Estas dos últimas novelas son historias de asesinatos y misterio, situadas en ambientes similares y tienen en común al mismo protagonista que es un detective excéntrico, pero ambas obras ofrecen una cierta crítica social.

La novela siguente La ciudad de los prodigios (1986) tiene como protaginista al anarquista Onofre Bouvila, personaje que consigue llegar a lo más alto del poder económico, corrupto y sórdido, y se desenvuelve en el escenario de la vida barcelonesa entre las dos exposiciones de 1888 y 1929. El trasfondo histórico es narrado por Mendoza de forma original y diferente a lo habitual, pero siempre dentro de la ironía, y la crítica social más sutil y soterrada, retratando realidades, pero huyendo siempre de caer, en ese retrato retrospectivo de su ciudad natal, ningún atisbo de sentimentalismo.

.Sus obras siguientes fueron La isla inaudita (1989) El año del diluvio (1992) y Una comedia ligera(1996), estas dos últimas novelas son dos de sus escasas obras no ambientadas en Barcelona.

Les siguieron En La aventura del tocador de señoras (2001) que tiene también como protagonista al demencial detective; El último trayecto de Horacio Dos(2002) narra irónicamente una expedición espacial; y Mauricio o las elecciones primarias (2006) transcurre en la Barcelona posterior a la transición que obtuvo el premio de novela Juan Manuel Lara.

Mendoza también es autor de la guía Barcelona modernista (1989), en colaboración con su hermana Cristina y, escrita en lengua catalana, la obra de teatro Restauració (1990). Más tarde publicó las novelas El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008) y Riña de gatos. Madrid 1936 (2010), que tiene como escenario a la capital de España en los días previos a la Guerra Civil española, y por cuya obra recibió el premio Pllaneta.



Eduardo Mendoza
OBRAS                                                                                        
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Poesía:
Las estrellas vencidas, 1964.
Límite humano, 1973.
En busca de Cordelia y poemas rumanos, 1975.
Libro de alienaciones, 1980.
Eros, 1981.
Vivir, 1983
Kampa, 1986.
Lapidario, 1988.
Creciente fértil, 1989.
Emblemas, 1991.
Ver el fuego, 1993.
Diván del ópalo de fuego, 1996.
Rosas de fuego, 1996.
Arcángel de sombra, 1999
Cajón de sastre, 1999.
El libro de los pájaros, 1999.
Los secretos del bosque, 2002
Paralajes, 2002.
Vilanos, 2004.
Fractales, 2005.
Huellas sobre una corteza, 2005.
El espejo de la noche, 2005
Brancusi, 2005
El corazón del fuego, 2006
Espacios traslúcidos, 2007. Poesía
La indetenible quietud. En torno a Eduardo Chillida, 2008.
Las voces acalladas de las mujeres, 2008.
Río hacia la nada, 2010
Variables ocultas, 2010
Peregrinaje, 2011
De la realidad y la poesía. Tres conversaciones y un poema. Con Antonio Gamoneda y Mohsen Emadí, 2010.
Las estrellas vencidas, 2011
Movimientos Insomnes, 2011.

Narrativa:
Desintegración, 1969.
Los caballos del sueño, 1989.
El hombre de Adén, 1991.
Espejismos, 1992.
Espejos de agua, 1997.

Memorias y diarios:
Jardín y laberinto, 1990.
La voz de Ofelia, Madrid, Siruela, 2005.

Ensayo:
La vida callada de Federico Mompou, 1975

Cartas a Adriana, 1976.
Sendas de Rumania, 1981.
Cirlot, el no mundo y la poesía imaginal, 1996.
La palabra y el secreto, 1999.
Los árboles en las tres culturas (con Mercedes Hidalgo y Pablo Alonso), 2004.
El espejo de la noche. A Vladimir Holan en su centenario, 2005.
La vida callada de Federico Mompou, 2012.
Orbes del sueño, 2013.

PREMIOS
Premio Ciudad de Barcelona 1971
Premio Ciudad de Barcelona de Poesía en 1983
Premio Nacional a la obra de un traductor en 1995
Premio de la Fundación Tutav, de Turquía, 1992
Premio Nacional de Traducción por el conjunto de su obra, 1997
Premio Ciudad de Melilla 1998.
Medalla del Mérito de Primera categoría de la República checa, 2000
Premio de Jaime Gil de Biedma 2002
Medalla de oro a la Bellas Artes 2005
Premio Nacional de la Letras Teresa de Ávila 2007
XIV Premio Internacional de Poesía Ciudad de Torrevieja 2010
I Premio de Poesía Experimental Francisco Pino, 2011.


ENLACES

http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/janes/http://cultura.elpais.com/cultura/2016/06/12/actualidad/1465738378_310544.html







Artículos de Eduardo Mendoza

Mi sufrida biblioteca
Eduardo Mendoza
Eduardo Mendoza
16/5/2016 (El País)
http://elpais.com/elpais/2016/05/13/icon/1463135325_973140.html


Tengo la costumbre de deshacerme de los libros que he leído. Y también de los que todavía no he leído, si veo que tienen mal pronóstico. El origen de esta costumbre, que muchas personas encuentran bárbara y desalmada, no es intelectual. Durante una larga etapa de mi vida combiné la movilidad con una relativa escasez de medios, con lo que me vi forzado a ir dejando atrás objetos estimados pero no de primera necesidad. Las primeras víctimas de esta emergencia siempre fueron la vajilla y los libros; la vajilla, por su fragilidad; los libros, por su volumen; en ambos casos, por la pesadez de embalar y meter en cajas cosas de tamaños y formas difíciles de acoplar. Total, que acababa tirando platos, vasos y tazas de muy escaso valor, y pilas de libros de un valor material aún más escaso, aunque quizá de mayor valor sentimental. Pero lo bueno de los apuros es que el sentimentalismo desaparece cuando la necesidad aprieta. Fuera libros.

A la tercera o cuarta masacre me di cuenta de que rara vez necesitaba los libros que había tirado y de que, si los necesitaba, los podía volver a comprar. Aparentemente, un gasto doble. En realidad, un considerable ahorro si entra en el cálculo el coste del espacio y el mobiliario. Si el libro que quería recuperar estaba descatalogado, lo encontraba online, en librerías de segunda mano o, a las malas, en alguna biblioteca pública. Y si todo esto fallaba, siempre me quedaba la solución de encogerme de hombros y pasar a otra cosa. La vida está llena de frustraciones y renuncias y no poder releer un libro, habiendo tantos, no es gran tormento.

La práctica me enseñó que los sentimientos, como al parecer ocurre con otras prolongaciones del cuerpo humano, se recomponen. En mis sucesivas viviendas no había libros, pero procuraba que no faltaran las flores, otro artículo entrañable que, a diferencia de los libros, lleva incorporada la fugacidad. Más tarde, cuando alcancé cierto grado de estabilidad, acumulé algunos libros, pero no perdí la higiénica costumbre de desprenderme de la mayoría. Una pared limpia no me parece menos acogedora que una pared cubierta de estanterías. Y por lo que se refiere a la utilidad de una biblioteca personal, lo considero nulo o poco menos. He visto bibliotecas personales especializadas, arduamente construidas a lo largo de toda una vida, que luego alguna institución pública se aviene a heredar de mala gana. Salvo estos casos contados, una biblioteca personal es un mapa confuso del peregrinaje intelectual de su dueño: cambios bruscos de gustos o intereses, propósitos abandonados, palos de ciego y una buena dosis de azar. A lo sumo, testimonio de una cierta solidez de criterio, de amplitud de miras, de cultura general. Antiguamente, el que nacía en una casa provista de una biblioteca, tenía a su alcance un territorio por explorar.

La biografía de algunas personas de mérito incluye el episodio de descubrimientos venturosos. Pero como pasa también en otros aspectos del desarrollo juvenil, lo que uno tiene en casa suscita menos interés que lo que hay en la casa del vecino. En mi caso, recuerdo haber sentido curiosidad por libros que veía en bibliotecas ajenas, pero no en la que habían hecho mis padres. Quizás sí que soy un desalmado. La gente normal siente apego por sus libros, como por sus amigos. Yo también, pero a mi modo. Por más afecto que les tenga, no me gustaría convivir con ellos. Prefiero perderlos de vista, reencontrarlos, comparar lo que el paso del tiempo ha cambiado en cada uno. Hay algo morboso en releer un libro que lleva años envejeciendo ante mis ojos. Prefiero volver a comprarlo, nuevo, con el papel blanco, bien encuadernado, sin una mota de polvo, como la primera vez que lo leí. Hasta entonces, todos los libros que he leído, siguen en mi memoria. La inmensa mayoría, aparentemente olvidados. No importa. Soy lo que ellos me aportaron en su momento. Y también pueden reaparecer de repente, con una claridad deslumbrante, como si los acabara de leer.

Un mendigo
Eduardo Mendoza
23/dic/2015 (El País)
http://elpais.com/elpais/2015/11/24/icon/1448369970_616867.html

En parte por la crisis, en parte por el flujo migratorio, la mendicidad se ha intensificado en las calles de Barcelona. En un rincón tranquilo de un barrio elegante un hombre joven, sin impedimentos físicos o mentales apreciables y sin tender la mano en ademán suplicante, me dice que le dé algo sin especificar para qué; a mi gesto negativo responde en voz alta: “Vaya, hombre, muchas gracias”. Luego cada uno sigue su camino. En el mío voy pensando si el sarcasmo es genuino o si es una discreta técnica intimidatoria encaminada a crear mala conciencia en el donante potencial. Si es así, debería emplearse cuando haya testigos que luego den para evitar la repulsa. Al margen de su eficacia, la actitud es subversiva por lo que concierne a la mendicidad entendida como lo que ha sido hasta hace poco: un oficio. Seguramente hay libros escritos sobre la mendicidad.No conozco ninguno, pero de mis pobres conocimientos deduzco que no es un fenómeno inherente a nuestra sociedad.

La literatura clásica no la menciona, aunque no faltaran menesterosos y tullidos y el Estado no se ocupara de ellos. Por raro que parezca, la figura del mendigo está ausente en los Evangelios. No la del pobre, pero eso es otra cosa. El mendigo no es solamente una persona necesitada, sino alguien que pide ayuda, cara a cara, a cambio de nada. En este sentido, el mendigo cabal es un producto del cristianismo o, para ser precisos, del concepto nuevo de la caridad: un acto de renuncia material a favor del prójimo que recibirá su recompensa en el cielo. En la Edad Media, la vida religiosa gira prácticamente en torno a este supuesto. La vida contemplativa y la peregrinación quedan para los más industriosos. El común de los mortales acumula pequeños actos de caridad para compensar sus malas obras cuando toque hacer balance de la vida terrenal y en función de eso decidir la eterna. Hasta ahí, el protagonista de la historia es el alma caritativa y el mendigo es un mero sujeto pasivo. El Renacimiento en esto, como en tantas cosas, da la vuelta a la tortilla. Ahora el mendigo se recicla en pícaro, convierte la mendicidad en profesión, cuando no en arte y, de paso, crea un género literario glorioso.

El protestantismo y la ascensión de la burguesía alteran otra vez el panorama. Ambos llevan implícita la condena del mendigo como elemento improductivo. Señoras dadivosas socorren a los necesitados a domicilio, en los miserables habitáculos donde aquellos ocultan su miseria y su inutilidad. Dickens ilustra estas escenas. España no renuncia al folclore de sus pedigüeños. Con la decadencia crónica del país, los mendigos no sólo florecen sino que se especializan. El común ronda las calles, la élite luce sus nafras a la puerta de las iglesias, donde señoras orondas tienden la mano y apartan la mirada con gesticulación de cine mudo. También de la mano del cine la mendicidad vuelve al mundo anglosajón. No sé si Chaplin pide o no pide en su ilustre filmografía, pero en cualquier caso devuelve al indigente su dignidad de antihéroe y le agrega una causa y una ideología. En los tiempos modernos el que da no compra bonos de salvación eterna.

Con su dádiva corrige y justifica el sistema, sea o no responsable directo de sus desajustes. Las calles de Nueva York se pueblan de mendigos que aún siguen ahí, asociados a la moderna indigencia del alcoholismo y la droga. Al término de este repaso vuelvo a mi pedigüeño sarcástico y a mi pregunta original sobre su reacción. Tanto si es un amateur que ignora el protocolo como si es un hábil estratega, lo cierto es que su desdén ha borrado la antigua relación moral o ética entre él y yo. Hoy por ti, mañana por mí, parece ser el mensaje. O: nunca digas de este agua no beberé. A la puerta del supermercado que frecuento se turnan un par de pobres, siempre los mismos. Muchas mujeres, al salir, les dan monedas. Nunca los hombres. Quizá perdura en ellas la vieja bondad que prescinde de la sociología e incluso de la lógica para seguir fluyendo sin trabas ni tonterías.