Camilo José de Cela

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30 septiembre 2007

Bienvenida


Bienvenida

Después de un silencio de varios meses y con el paréntesis veraniego de todos los años, A vuelapluma vuelve a iniciar sus actualizaciones, y te da la bienvenida a este blog escrito para quienes se interesan por el mundo literario y sus avatares.


Por haber fallecido el extraordinario escritor y periodista Francisco Umbral, el 28 de agosto pasado, en Boadilla del Monte, quiero dedicar esta edición a su figura, incluyendo su biografía, la relación de sus obras, así como el comentario de su último libro Amado siglo XX, ya publicado en A vuela pluma en la edición anterior, con ocasión de su publicación, por considerar a dicho libro de recomendable lectura y al que definía Umbral como su obra última, a modo de despedida, porque ya vislumbraba que la muerte lo acechaba.


Naturalmente, esta obra, por ser la última y constituir un ensayo riguroso, magistral y encomiable, es un libro imprescindible ya que muestra a ese amado siglo XX visto desde su perspectiva y lo que fue y significó para Umbral, como escritor y pensador comprometido, a través de sus más importantes figuras del mundo cultural y literario, lo que le constituye, sin duda alguna, en un testamento prodigioso que, unido al resto de la prolífica obra de este autor, conforma un inigualable legado literario y periodístico en el que este escritor escribe algunas de las mejores páginas de la literatura y el periodismo español del siglo XX.


Con la muerte de Umbral, la literatura española se queda huérfana de su pluma prodigiosa, de sus análisis certeros vertidos en la columna diaria de uno los más importantes periódicos españoles y de sus creaciones literarias en las que brillaba siempre una de las mejores prosa de las letras españolas de todos los tiempos.


Descanse en paz.


Ana Alejandre


Copyright 2007,. Reservados todos los derechos

Francisco Umbra, vida y obra





Nacido el 11 de mayo de 1934 en Madrid, pero desde muy niño vive en Valladolid su nombre verdadero era Francisco Pérez Martínez.

Comenzó su andadura periodística bajo la tutela de Miguel Delibres, colaborando con El Norte de Castilla desde 1958 .Después compaginaría su trabajo en el Diario de León con el de una emisora de radio leonesa.

De formación autodidacta, desde muy joven se dedicó a la escritura de una forma apasionada al igual que era un lector impenitente.

Se traslada a Madrid en 1961 donde comienza su colaboración en publicaciones como Estafeta Literaria y Mundo Hispánico y muchos años después comenzaría a colaborar en los mayores y más importantes diarios del país como son El Mundo, El País o ABC.. Ha sido en El País donde ha escrito su crónica diaria en los últimos años, con su estilo inconfundible.

Sus influencias literarias son varias y distintas pero pueden sobresalir la de Francisco de Quevdo, Mariano José de Larra, Valle-Inclán y Ramón Gómez de la Serna, por citar a los escritores de quienes reconocía ser admirador y lector incansable. Por eso, su personalidad en la que se entremezclaban los tintes castizos del más puro madrileñismo, pero siempre bajo la actitud y el porte de un dandy, todo ello aderezado con la acidez y la ironía de sus artículos periodísticos y la actitud autosuficiente y, para algunos pedante, que lo convertían siempre en una figura controvertida, pero a quienes sus propios enemigos no dejaban de admirar la prosa acerada, certera y deslumbrante que le ha hecho famoso y con la que ha compuesto algunas de las mejores páginas de la literatura y el periodismo español del siglo XX.

Umbral tiene una extensa obra, pues ha sido un autor prolífico en los diferentes géneros como son la novela, el ensayo y el artículo periodístico y comenzó a publicar a mediados de los años 60. En 1964 obtuvo el Premio Gabriel Miró de cuentos y también en esos años aparecieron los primeros títulos de este gran escritor como son Balada de gamberros, (1965), la colección de relatos Tamouré, también en el mismo año, Travesía de Madrid (1966), Las vírgenes (1969), y Si hubiéramos sabido que el amor era eso (1969).

Fue a partir de 1970 cuando fueron publicadas las obras más emblemáticas de este autor como es El Giocondo (1970), Las europeas (1970), Lola Flores. Sociología de la petenera (1971); el libro autobiográfico: Memorias de un niño de derechas (1972); Los males sagrados (1973); Spleen de Madrid (1973), Carta abierta a una chica progre (1973), Diario de un snob (1974), Crónica antiparlamentaria (1974), Museo nacional del mal gusto (1974); Las españolas (1974); Suspiros de España (1974); La guapa gente de derechas (1975), Diario de un español cansado (1975); España cañí (1975); Cabecitas locas, bocas pintadas y corazones solitarios (1975); Las ninfas (1975) con la que ganó el premio Nadal de ese año; Mortal y rosa, novela que marca un hito en la obra de este prolífico autor porque está inspirada en su único hijo "Pincho", muerto de leucemia a los sesis años; España de parte a parte (1975); Iba yo a comprar el pan (1976); Mis paraísos artificiales (1976); El hijo de Greta Garbo; Teoría de Lola y otros cuentos (1977); Tratado de perversiones (1977); La noche que llegué al Café Gijón (1977); Los ángeles custodios (1978); Los amores diurnos (1979) y Diario de un escritor burgués (1979)

La década de los ochenta se incia para Umbral con el Premio González Ruano de Periodismo que le jes concedido en ese año. Entre los libros publicados en esa década se pueden citar a Teoría de Madrid (1980), Los helechos arborescentes (1980); A la sombra de las muchachas rojas (1981); La bestia rosa (1981); Crímenes y Baladas.Antología de prosas líricas (1981); Las ánimas del purgatorio (1982); Diccionario cheli (1982); Las giganteas (1982);Trilogía de Madrid (1984); La belleza convulsa (1985); La fábula del falo (1985); Pío XII, la escolta mora y un general sin un ojo (1986); El fetichismo (1986); Memorias de un hijo del siglo (1986); Guía de la postmodernidad (1987); Sinfonía borbónica (1987); Nada en domingo (1988);, Un carnívoro cuchillo (1988); El día que violé a Alma Mahler (1988); El fulgor de Äfrica (1989) y Guía irracional de España (1989).


Fue en la década de los noventa cuando Umbral cosechó grandes premios como el Premio Príncipe de Asturias, en 1996, o el Nacional de las Letras en 1997 También en esa década escribió Y Tierno Galván ascendió a los cielos (1990); El socialfilipismo: la democracia detenida (1991); Crónica de esa gente guapa:: memorias de la jet (1991); Leyenda del césar visionario (1991), cuyo libro consiguió el Premío de la Crítica de dicho año; Tatuaje (1991; Del 98 a don Juan Carlos (1992); Memorias eróticas (1992); Memorias republicanas (1992); Madrid 1900. Memorias de un joven fascista (1993) La década roja (1993. Además también publica la recpilacciónde sus artículos titulada Mis placeres y mis días (1994); Los placeres de la tribu (1994);La rosa y el látigo (1994); Las señoritas de Avignon (1994); Diccionario de la literatura (1995); Madrid 650 (1995);Capital del dolor (1996); La derechona (1997); La forja del ladrón (1997) e Historias de amor y Viagra (1998).

Sus últimos líbros, ya en la década del 2000 han sido los títulos: El socialista sentimental (2000); Madrid, tribu urbana (2000) y Las ligas de Madam Bovary (2003).

Además de esa prolífica obra narrativa, ha escrito obras de ensayo sobre dterminadas figuras literarias como son: Larra, anatomía de un dandy (1965); sobre García Lorca, titulado: Lorca, un poeta maldito (1968); Lord Byron (1969) y, por último , uno sobre Valle-Inclán con el título de: Valle-Inclán: Los botines blancos de piqué (1997).

En el año 2000 le fue concedido el Premio Cervantes, último galardón literario que recibió en vida.


Francisco Umbral murió la madrugada del 28 de agosto de 2007, víctima de un fallo cardiorespiratorio. Sus cenizas resposan junto a los restos de su único hijo "Pincho", muerto muchos años atrás y cuya muerte le marcó para siempre.

Descanse en paz.



Ana Alejandre



Copyright 2007,. Reservados todos los derechos

Francisco Umbral visto por otros escritores



Aunque el talento y el estilo de Umbral no es discutible para nadie que tenga un mínimo de conocimientos literarios, en esa dualidad de luces y sombras que todo ser humano tiene y proyecta ante los demás, también tiene algunos detractores, en ese ejercicio de la libertad de expresión que en los escritores conforma la parte más sustancial del oficio y que, en su justa medida, es un ejercicio dialéctico entre dos tipos de estilos, de talentos y de forma de entender la literatura y el apasionante oficio de escribir. Estos duelos incruentos, pero no por ello menos feroces, se suele dar mucho entre los escritores de todos los tiempos.

Así que para ilustrar la imagen que tenía y tiene Pérez-Reverte de Umbral, porque la muerte no cambia la opinión sobre los fallecidos y sólo las suaviza en las formas, expongo a continuación un artículo publicado en la fecha y publicación que se indican, casi dos años antes del fallecimiento de este último, y que firma Arturo Pérez-Reverte, otro excelente escritor y periodista con el que Umbral mantuvo, durante un cierto tiempo, un combate dialéctico y del que sirve de muestra este artículo que se expone a continuación:

Naturalmente, por ser la opinión de Pérez-Reverte sobre el escritor fallecido y quien tiene ahora la palabra, no corresponde hacer ninguna matización ni comentario al respecto, ya que sólo cabe leer estas líneas apasionadas, irritadas y siempre sinceras de otro escritor muy conocido por todos y que cuenta con innumerables adeptos, estemos, o no, en todo o en parte de acuerdo con lo que en ellas dice.

Te corresponde a ti, lector, sacar tus propias conclusiones de un texto que no tiene desperdicio alguno.



Artículo de Arturo Pérez-Reverte
( publicado en el suplemento “El Semanal” en el 27/11/05)

Hace años tuve una polémica con Francisco Umbral que acabó cuando escribí un artículo titulado Sobre Borges y sobre gilipollas, donde el gilipollas no era Borges. Desde entonces, en lo que a mí se refiere, Umbral ha permanecido mudo; cosa que en un teclista con su logorrea –«escribe como mea», dijo de él Miguel Delibes– supone un prodigio de continencia. Pero el tiempo pasa, la edad termina aflojándole a uno el muelle, y ahora vuelve a meterme los dedos en la boca. El estilo, o sea. Al maestro de columnistas no le gusta mi estilo literario, y le sorprende que se lean mis novelas. También, de paso, le parece inexplicable que nadie lea las suyas, ni aquí ni en el extranjero. Que fuera de España no sepan quién es Francisco Umbral, eso dice tenerlo asumido: su prosa es tan perfecta, asegura, que resulta intraducible a otras lenguas cultas. Pero no vender aquí un libro lo lleva peor. No se lo explica, el maestro. Con su estilo. Así que voy a intentar explicárselo. Con el mío.
Francisco Umbral tiene –y nos lo recuerda a cada instante– la mejor prosa de España. También cultiva una imagen, más social que literaria, inspirada en el malditismo narcisista y la soledad del escritor incomprendido y genial. Pero eso es cuanto tiene. Nunca pisó una universidad como alumno, ni leyó un clásico, ni tuvo una formación que trascendiera la cita, el plagio entreverado y el picoteo de lo ajeno. La lectura tranquila de sus libros y columnas sólo revela frivolidad superficial, incultura camuflada bajo la brillante escaramuza del estilo. En realidad, Umbral nunca tuvo nada que decir. La idea, el comentario o el libro citados en abundancia aquí y allá –a menudo de forma incorrecta, como ocurre con Borges y la Biblia, entre otros– casi nunca provienen de lecturas directas, sino que delatan la tercería de la revista, suplemento cultural, antología o texto ajeno donde fueron espigados. Sospecho, además, que Umbral anda muy flojo de lenguas, lo mismo vivas que muertas, aunque para el estilo le baste con la que tan bien maneja. Y en cuanto a la gran novela básica, la que forma los cimientos de todo novelista sólido, su ignorancia resulta asombrosa en un escritor de tales pretensiones. Por eso resulta esclarecedor que, en sus innumerables intentos frustrados de novelar, mencione siempre con desprecio a Cervantes, Galdós, Dickens, Tolstoi, Dostoievski o Baroja, y entre los contemporáneos, a Marsé, Mújica Lainez o Vargas Llosa; o que cometa la bajeza de situar al honrado José Luis Sampedro o al dignísimo e impecable Luis Mateo Díez a la misma altura que a Mañas, el chico del Kronen. En esa línea, las universidades sólo valen para algo cuando invitan a Umbral, y le pagan. Igual que los premios literarios, el Cervantes o la Real Academia: sólo tienen prestigio si él los consigue.
Y es que Umbral no escribe literatura: él es la literatura –«Borges y yo», afirmaba sin complejos hace unos años–. Y si la gente no lo lee, es porque a la gente no le interesa la literatura; no porque no le interese Umbral, ni porque repugne, por ejemplo, el sexo turbio que impregna sus novelas; más turbio aún cuando imaginamos al propio Umbral practicándolo. Un personaje de quien Jimmy Gimenez Arnau –que no se diría, en rigor, espejo de virtudes– ha escrito: «Padece cáncer de alma».
La cita no es casual, porque, además de ser un periodista que nunca dio una noticia, de que en sus novelas y columnas no haya una sola idea, y de alardear de una cultura que no tiene, lo que trufa toda la obra de Umbral, desde el principio, es su bajeza moral. La «infame avilantez» que, ya metidos en citas, le atribuyó la poetisa Blanca Andreu. Siempre estuvo dispuesto a despreciar a novelistas ancianos o fallecidos como Gironella, Aldecoa, o el Cela a cuya sombra en vida tanto medró –y a quien dedicó, caliente el cadáver, un librito oportunista e infame, escrito, eso sí, con estilo sublime–, o a insultar y señalar con el dedo a antiguas amantes y a mujeres que le negaron sus favores; aunque esto lo hace sólo cuando no pueden defenderse y sus maridos están muertos o en la cárcel. Tan miserable hábito no lo mencionaría aquí de limitarse a lo privado; pero es que Umbral tiene la bajunería de salpicar con él su literatura. Su bello estilo. A todo eso añade una proverbial cobardía física, que siempre le impidió sostener con hechos lo que desliza desde el cobijo de la tecla. Pero al detalle iremos otro día. Cuando me responda, si tiene huevos. A ver si esta vez no tarda otros cinco años. El maestro”.

Comentarios de una lectora


Amado siglo XX,
de Francisco Umbral,
Planeta, 2007:


Según decía en la reseña de esta obra imprescindible, este libro parece que es la despedida literaria de un autor prolífico y brillante que llena buena parte de la historia de la literatura española y del periodismo de la segunda mitad del siglo XX, título éste que adopta este libro en el que el autor hace un repaso nostálgico, tierno y sin atisbos de revanchismos ni rencor, pero sí de cierta nostalgia y compresión de todos y cada unos de los personajes que fueron y son, algunos al menos, parte imprescindible de esa misma historia que Umbral recrea a través de sus agudas y lúcidas observaciones de esa parte de la historia que conoce -y reconoce también como una parte de su propia vida-, y en los capítulos dedicados a aquellos personajes con los que parece no haber tenido nunca una especial comunicación o armonía, como puede ser el del dramaturgo Francisco Nieva, cuando afirma sin rencor que siguen sin saludarse mutuamente, añadiendo que “una tontería de cien años sigue siendo una tontería”, o bien en el apartado dedicado a esa figura estelar del pensamiento español como es Francisco de Ayala, cuando dice de él que "Ayala tiene ahora algo de pila agotada, pero es que lo tenía ya a los 30 años, si mal no recuerdo", aunque, a modo de disculpa añade con tono de regañina dirigida a sí msimo "Uno tiene algo de cómico viejo. En lo de Ayala hay mucho dolor de lo mío y por eso me he ensañado, sigamos.. En realidad estaba hablando de mí y que el lector me perdone”.

A pesar de que los pasajes más agrios o duros los dirige contra Unamuno, entre otros, al que califica de “fascista”, pero añadiendo como nota disculpatoria de lo dicho antes que es un fascismo creado por el uso del idioma. También se dirige hacia Laín Entralgo, figura señera del pensamiento filosófico español, calificándolo como “el gran intelectual de la Falange”, a pesar de que después de la muerte de Franco lo califica de “rojo”, cuestionando su ambivalencia política y su dualidad de pensamiento en esta área, aunque añade para quitarle importancia a sus calificaciones que "leído y repetido, siempre nos puede enseñar algo". Es decir, siempre encuentra la disculpa que matiza o suaviza el juicio que realiza de cada personaje, como si intentara pedir perdón, añadiendo que de todo lo dicho en contra de cada uno de ellos siempre se puede encontrar la parte de alabanza y admiración que parece negarle en sus afirmaciones anteriores.

Otros dardos de cierta malevolencia, matizada de ternura, los dirige contra Ortega al que dedica frases como “era un liberal mal acostumbrado por el golf, las marquesas, los amores argentinos y el tabaco", y hacia Franco del que dice que “muere sepultado en la cama como un personaje egipcio de zarzuela”.Hay una parte en la que aparecen los personajes preferidos para este autor, la mayoría escritores o filósofos, cpmp Eugeni D’Ors, García Lorca, Proust y un personaje extraño y diferente entre ese grupo de intelectuales como es el de Jaime de Marichalar, al que le concede tintes proustianos por su evidente soledad.Umbral tiene una visión dual de esta parte de la historia, de la que es partícipe señero en la vida intelectual española, porque su mirada va desde el interior al exterior y a la inversa, es decir, se ve también a sí mismo y reflexiona sobre su propia condición como si su mirada fuera externa y medita con distanciamiento sobre su propio y personal estilo literario, su deseo evidente de protagonismo, pero todo ello escrito con una humildad sorprendente en este singular personaje y brillante escritor que advierte al lector desde el principio de que "no vamos a ser historiadores de lo grande, sino cronistas de lo minutísimo, quede el lector advertido de que en este libro impera lo insignificante". Es decir, Umbral hace, en esta obra, personalísima y extraña, un acto de extrema sinceridad, sin atisbos del menor deseo de vanagloria ni revanchismo, porque en esta obra se nos muestra el Umbral más humano, sencillo, sincero y melancólico de todos.

Este escritor tan singular y de personalidad acusada que mezcla la prosa exquisita y directa, propia de un gran conocedor y practicante del más puro estilo periodístico, y con el toque de romanticismo trufado de un cierto aire machista por sus afanes por las “adolescentes peripatéticas”, machismo al que negaba en su propia escritura al afirmar que “se es machista, cuando se deja de ser macho”, y con el dandismo evidente en su propia y personal indumentaria, bufanda blanca en cualquier época, amigo de marquesas y asistente asiduos a los actos de una vida social que denostaba, en una contradicción evidente de un talante personal complejo, se puede decir que este libro es quizás la mirada nostálgica de quien siente el paso del tiempo y quiere dejar constancia de lo mucho que ha vivido, escrito, leído y conocido de un mundo en el que ha sido testigo y protagonista, a la vez, y del que, quizás, se despide suavemente y sin estridencias, dejando constancia de su pluma magistral en la que resuenan los ecos nostálgicos de un escritor que quizás siente la evidencia de que aún le falta por escribir su “gran obra”, lo que tanto le reprochaba Laín Entralgo, y que piensa, o sospecha, que el punto y final de su obra, la mejor, parafraseando a Oscar Wilde, será el que ponga fin a su propia existencia, porque su obra maestra es su propia vida.



Ana Alejandre


Copyright 2007,. Reservados todos los derechos